LA COLUMNA AMARILLA

Se fue, nomás

Al final se nos fue Patiño Mayer.

Confieso que lo extrañaré, pese a que no fui precisamente piadoso con mi opinión sobre su comportamiento diplomático, actitud que hizo florecer una riquísima y constructiva polémica en nuestra propia casa, LA REPUBLICA.

No hay la menor ironía en este sentimiento, la extrañación.

A lo que me refiero es a que echaré de menos la personalidad notoria, presta a un cierto exhibicionismo simpaticón, de un hombre alto, tentado por la verbosidad y bien parado frente a las tormentas, ésas que dejaron surcos hondos en una cara como de labrador triste que sabe olfatear y que, a juzgar por testimonios que me merecen respeto, fue buen amigo de sus amigos.

Más aún: igual respeto siento por quienes dicen que en su función diplomática Patiño Mayer contribuyó a que Uruguay y Argentina mantuviesen enhiesta, a duras penas, su histórica buena vecindad pese a los temblores de fuerza singular ocurridos durante los últimos años.

Qué pena. Estoy persuadido de lo contrario, y sostendré este postulado hasta que, a través de la razón y del conocimiento, se pruebe mi error.

Volviendo al personaje, que en un momento se comió a la persona, hay que recordar que le gustaba cantar el tango, hablar con un sostenido engolamiento y se le advertía bien dispuesto a capturar cualquier micrófono que anduviese en los alrededores. Un hombre mediático, un informador, un dialogador, incluso un educadísimo, locuaz y, en ocasiones, inoportuno polemista.

Un apunte final. Nadie entendió la peripecia de su renuncia, como tampoco, si el hombre ya había decidido irse, el fruncimiento de ceño de los blancos, sus epítetos y sablazos de guapos interminables.

En definitiva siento una exquisita pesadez en los párpados que me hace imaginar un descanso rápido y reparador. ¿Qué tiene que ver con Patiño Mayer? No lo sé. ¿Un astrólogo lo descifraría? Porque Cristinita, quien ya hizo lo que tenía que hacer, no me lo dirá. Eso es seguro.

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