Hombre que habla
Un Papa siempre puede sorprender. Ha sido una característica, por ejemplo, de los pontífices que llevaron el nombre de Benedicto, como el actual. Aunque, claro, esto puede ser una pura casualidad.
Benedicto VIII, que recibió ayuda de Enrique II, condenó la simonía y el concubinato de los clérigos, a los que se dedicaban alegre y despreocupadamente allá por el siglo XI. Benedicto XIII fue depuesto pero se encerró en Peñíscola con tres cardenales que le permanecían fieles y excomulgó a su sustituto; terminó mal porque la monarquía de Fernando en el siglo XV, poderosa entonces más allá de España, lo dejó librado a su suerte, que, como en el tango, le fue esquiva. Benedicto XV destacó por sus gestiones de paz en la primera guerra mundial, obviamente infructuosas, y más tarde se emperró, pese a su comprensivo espíritu, en frenar el desarrollo del integrismo.
El Benedicto nuestro, quien hoy representa a Pedro a la cabeza de la Iglesias Católica, no quiso quedar rezagado. Para ello aprovechó el segundo rezo del Angelus; supongo que tal vez recibió una revelación y en nada incidieron sus asesores de imagen.
Pidió a los fieles que no se fíen «de improbables pronósticos para 2010, ni siquiera de las previsiones económicas». Los problemas, dijo, deben enfrentarse «con la esperanza en Dios», y añadió que la fe en Jesucristo introdujo al Hijo quizá para reforzar la idea es la gran esperanza que anima y a veces corrige nuestras esperanzas humanas».
¡Justo cuando aquí estamos empachados de esperanzas en Astori y su solvencia y en las previsiones de su equipo!
Bueno, seamos sensatos. A fin de cuentas, y pese a que para un católico la significación es otra, para mí no es más que un hombre que habla desde una burbuja.
¿Acaso en vez de atender a nuestro Danilo laico tengo que ir a orar? ¿O qué? ¿Sólo Cotugno, como delegado de Benedicto, sabrá, a través de su diálogo con Dios, qué ocurrirá con el dólar y las inversiones?
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