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DIARIO DE CAMPAÑA: LOS SENDEROS DE LA IZQUIERDA EN AMERICA LATINA, LOS SENDEROS DE LA MILITANCIA FRENTISTA

Un movimiento de consumo y de turismo interno espectacular. Un aeropuerto «que no parece de Uruguay», como dijera un chofer de ómnibus al pasar en frente. Ruta Interbalnearia transformada casi en autopista, haciendo que lleven 10 minutos trayectos que antes llevaban al menos 30. Gurisitos con sus laptops por todos lados, wifi en muchísimas casa, mayor penetración de Internet de la región, niveles de empleo y prestaciones sociales (salud, afiliaciones al BPS). ¿Cuánto más puede mejorar Uruguay? Tengo la impresión de que, en forma aislada, no mucho más. Que a partir de ahora la lectura de los escenarios regionales y la construcción de alianzas sólidas es absolutamente vital para hacer posible sostener en el tiempo la bonanza y aumentarla, haciendo llegar cada vez más a todos mejores oportunidades.

Chile fue durante mucho tiempo el «case study» de la región, país de referencia. La Concertación, conglomerado de centro izquierda, heredando el neoliberalismo puro y duro de los Hernán Büchi, se concentró en potenciar el crecimiento económico a partir de una política comercial basada en desarrollar múltiples tratados bilaterales. En este aspecto el modelo fue exitoso, como también lo fue a nivel de innovación y desarrollo tecnológico. Es discutible que lo haya sido a nivel de distribución de la riqueza, pese a avances relevantes en algunas políticas sociales. Chile no apuntaló bloques, buscó todos sus nichos con gran inteligencia. Dio el máximo de sí como país. Obtuvo grandes resultados en algunas áreas, a los que la gente culmina por acostumbrarse y posiblemente haya alcanzado su techo. Tanto como para que la gente esté pensando en cederle el poder a un multimillonario de derecha, que por más modernizada que se presente, decir derecha en Chile no es ningún chiste.

En Europa, a partir del carbón y el acero, dos históricos enemigos, pero muy similares en desarrollos económicos, sociales, culturales, como Francia y Alemania, fueron objetivando y construyendo paso a paso la Unión Europea. Inyectando fondos para el desarrollo de los países más retrasados, como lo era la España posfranquista, permitiendo así equiparar hacia arriba y generar un enorme mercado interno, protegido en algunas áreas básicas con feroces subsidios. Con sus problemas, es un modelo de integración exitoso, pero su gestación llevó unos 50 años.

América Latina no tiene 50 años para dar un paso decisivo en la dirección de conformar algún bloque regional más sólido. Más allá de los avatares circunstanciales como las pasteras, hay razones objetivas que nos dificultan la tarea. La primera es la asimetría. Si pensamos en América del Sur, tenemos una potencia mundial (Brasil), algunos países poderosos (Argentina, Venezuela) y luego situaciones no comparables en escala a los ejemplos precedentes, aunque en conjunto constituyan un reservorio de riquezas sin par. También hay razones subjetivas. Más allá de que la derecha haya gobernado promedialmente más tiempo en la Unión Europea que la izquierda, la impronta de la socialdemocracia marcó fuertemente el desarrollo europeo. Con las variaciones de rigor, el nivel de homogeneidad ideológica de los partidos de orientación socialdemócrata en Europa ha sido muy alto. ¿Qué ocurre entre nosotros? Casi todos nuestros países tienen gobiernos que merecen ser llamados de izquierda o centro izquierda. ¿Pero cuál es el grado de homogeneidad entre Chávez, Correa, Evo, Cristina Fernández, Bachelet, Lula, Lugo, Tabaré y el Pepe?

Creo que el desarrollo de un bloque en el que hay una potencia, que debe contemplar a sus socios menores, nos impone un desafío objetivo mayúsculo.

Pero la construcción de un común denominador progresista, que sea compartido en el bloque como base cultural, al menos por una gran mayoría, más allá de matices diferenciales, es un desafío cultural enorme para la izquierda del subcontinente.

Sin ella no habrá región sólida y sustentabilidad progresista.

Esta tarea sólo puede hacerse entre todos, con el aporte de todos los enfoques, pero articulados y zurcidos desde un país pequeño, que no provoque desconfianzas particulares en ningún actor.

A nuestro futuro presidente Pepe Mujica le veo uñas para guitarrero para este difícil concierto. Es el único líder de los que gobernarán en marzo de 2010 que tiene una relación empática y giros comunes con todos los demás. Tiene clara la necesidad de la tarea. Hay que ayudarlo. De ello depende que los fenomenales logros del gobierno de Tabaré se proyecten al futuro.

Para ayudarlo, hay que pensar en grande, estratégicamente, con humildad, adquiriendo clara noción del enorme desafío que indefectiblemente hay que afrontar y de cómo no podemos regalar energía gratuitamente, boicoteándonos nosotros mismos.

La dinámica frentista como juego de sectores, indispensable para la existencia del Frente, no es suficiente para expresar su riqueza. Lo expresó cada banderazo, cada convocatoria espontánea. Como los comités de base del 71, pero en nuevo contexto y forma, las convocatorias a través de redes o boca a boca pusieron la pujanza y fuerza que la campaña del FA precisaba para desnivelar. Esto no va en demérito de los sectores, bien por el contrario, los potencia y enriquece.

Esa dinámica que se dio en la campaña, debe darse en la construcción ideológica. Cuando tenemos por delante construcciones culturales mayores como la que citaba antes, ¿cómo podríamos privarnos de la capacidad de pensar e imaginar de más de un millón de uruguayos y quedarnos sólo con los afiliados a los partidos integrantes del FA? El frentista, por definición y tradición no es un porta bandera en un acto, es un militante y promotor de adhesiones.

Peor aún, si no se genera ese espacio y ese horizonte de discusión, inevitablemente la discusión recae en intercambios agrios, reproches por opiniones que se consideran impertinentes o agresivas, como ha ocurrido en diversas redes en los días recientes debido a decisiones polémicas. Se termina cayendo en denigrar a la persona y no confrontar a sus ideas, tal y cual debería ser nuestra actitud.

Pensemos en grande desde el país más chiquito. Atrevámonos a pensar los comunes denominadores para el progresismo de América del Sur y propongámoselos fraternalmente a nuestros hermanos. Posicionamientos internacionales, temas estratégicos como alianzas de seguridad, educación, telecomunicaciones, complementación de productos y mercados, sistemas de innovación, etc.

Invoquemos a lo mejor de nosotros mismos. A lo más puro de la tradición del FA: el poder que reside en la gente y sólo en ella. La capacidad de elaboración e imaginación de cada militante. Si desde redes, colectivos varios y todas las formas de convocatoria que logremos imaginar lo hacemos, habrá muchos futuros donde nos sorprenderemos grata y orgullosamente de nosotros mismos.

Tenemos una gran ventaja y un gran problema: depende de nosotros mismos.

|*| Analista y matemático

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