Pantalones
En su prólogo a la tercera edición de «La colmena», Camilo Cela dice: «Quisiera desarrollar la idea de que el hombre sano no tiene ideas (…) que no son sino un desequilibrio del sistema nervioso».
Me ha tentado para respetar lo previsible de mis asociaciones retóricas ubicar como ejemplo a los empleados municipales de Montevideo. En último juicio, y pese a las críticas, serían sanos porque en sus mentes no respiraría, ni siquiera con mascarilla de oxígeno, idea de especie alguna.
Pero, mejor pensada la cosa, advertí el error.
Estos señores, agremiados en Adeom, tienen una idea. Una sola, pero fija: joder a los contribuyentes en su desvariado intento de torcer la muñeca de la autoridad, con la que viven un interminable conflicto al que yo calificaría de perfecta y perversamente marital.
Montevideo, a fin de año y en horas siguientes, y pese al esfuerzo que de todos modos las autoridades competentes lograron que se hiciera, fue un gran basurero, una olla hedionda tapizada de contenedores de boca abierta, asfixiados por residuos, y mugre de diverso tipo y tamaño amontonada en demasiados sitios como para no asquearse.
La insuficiencia de la recolección no se debió al feriado. Hubo un paro de Adeom para que el caldo hirviese más espeso y el perjuicio fuese más grande.
Hay circunstancias en la vida social que, a veces, y seguramente de tanto repetirse, dejan de entenderse. Esa repetición hace que el cerebro humano, que al menos hasta ahora carece de la virtud de entender el comportamiento de algunos de sus congéneres, se obture y entre en confusión.
Entonces el hombre común duda entre ir a golpear las puertas de la Intendencia, sumarse a los pirómanos que queman contenedores, patear bolsas, hacer un piquete o comprarse una escafandra.
Es tiempo de que quien se supone ejerce el mando salga del baño y se ponga los pantalones. Ajustados, para que no se le caigan en el camino a la decisión que hasta ahora ha evitado.
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