Conejo blanco
Esta fábula me la contó un hombre de dilatada barba blanca, que dijo ser pariente de Esopo y de Aparicio Saravia. Con los fenómenos que, según dicen algunos, están causando los gases de efecto invernadero, preferí no pedirle documentos probatorios y di por veraz su identidad.
¿La fábula? Se trata de unas personas que salen a la búsqueda de un conejo blanco, aunque no un conejo blanco cualquiera, chiquito, juguetón, saltarín. No. Pese a que quieren que despierte confianza, debe tener cierta corpulencia para aguantar embates, sobre todo de un bisonte que bufa y patea con una banda tricolor colgada a sus cuernos, y de unos astutos y peligrosos lobitos que habitan una cueva en la calle Canelones. Ha de ser veloz y ágil para moverse rápida, a veces inesperadamente, ya para llegar primero a ciertos sitios, ya para escapar si advierte peligro.
Estas personas saben que hay unos cuantos conejos blancos a la mano. Más de uno se les ha acercado, cariñoso, confiado, correteando y hasta saltando a su alrededor, de un modo que, si uno no supiera que son animales y no seres humanos, pensaría que se exhiben en una imaginaria pasarela para conquistar los votos, perdón, la aceptación de los buscadores. También saben estas personas que hay conejos blancos que no quieren nada con ellos y huyen despavoridos, con el corazón temblando.
Durante varios meses la búsqueda se hace compleja. Sin embargo, según la fábula, al fin aparece un conejo blanco gordote, abultado, simpaticón. Se deja agarrar sin mayores esfuerzos, le cepillan los enormes dientes, le estiran las pestañas, le alisan el sedoso pelo, le encajan un moño celeste y lo ponen delante de un gran edificio céntrico, llamado «el palacio de ladrillo».
Cuando el conejo blanco, loco de alegría, amaga entrar, el bisonte, a la carrera, lo pasa por encima y lo deja estampado, como en el Paseo de las Estrellas, en la explanada municipal.
Moraleja: no gastes tiempo al pedo.
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