¿Tomamo’tra?
Mujica tiene buenas ideas.
Astori también, no necesariamente las mismas.
La oposición promete las suyas.
El corporativismo sindical discursea con benevolencia, pero se pone detrás de un muro para defender su parcela.
Los contribuyentes claman, desesperados e impacientes, por protección y su derecho a salir de la dramática telenovela en que los han metido.
Aclaremos, lector. Se ha descrito, aludiendo de refilón a cierto consenso no sólo en la izquierda sino entre los partidos, cuál sería la madraza de las reformas en el gobierno por venir: la del Estado.
Sin embargo, la compatibilidad de tantas ideas, expresiones de interés y emociones se ha convertido en un crucigrama de difícil resolución.
Un solo ejemplo: el gobierno electo parece haber advertido que no es conveniente hacer ahora la elección de alcaldías en Montevideo, pues «habría complejidades grandes» si se aplica, sin modificaciones, la ley de descentralización. Menos mal, porque está claro. El Estado es todo, incluso esa especie de partes en que, con la intención de beneficiar a los ciudadanos, han ido apareciendo cual avances primarios, aunque de todos modos muy limitados, hacia el gran objetivo. Precisamente, las limitaciones de tales planes suponen riesgos mayores que sus imaginadas virtudes.
Ojalá el gobierno halle el camino, aun con ayuda de algún adivinador desocupado, para diseñar el gran proceso colectivo y final.
Sería terrible darle la razón a los filósofos escépticos que postulan que el hombre, desde que desarrolló la conciencia, se la ha pasado tratando de perderla. Son quienes ensalzan a Dionisos, que impuso al vino para alcanzar la iluminación y el conocimiento. Manuel Vicent ha dicho, claro que sentado bajo falsos plátanos de un bar caribeño, que toda la sabiduría que impartió Sócrates provino del alcohol.
¡Espantoso! Al frente de la comisión multipartidaria que proyecte la reforma habría que poner a Ruedita. ¡El Estado más en pedo todavía!
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