Una del Oeste
Están sentados en sillones ordenados en un semicírculo. No han venido todos quienes fueron invitados. La desconfianza cruza, cual filoso cuchillo, las relaciones de estos hombres. ¿Creerán en sí mismos?
Flota una tensión espesa, extrañamente tornadiza. Los ojos de unos y otros se buscan, cruzan miradas y entornan los párpados como una amenaza silenciosa pero inquietante; nadie descuida cualquier movimiento. Parecen prestos a un salto. No se ven armas, aunque nadie jurará que no existan o que no aparezcan de pronto, cual truco de magia o traición.
Observándolos desde un sitio privilegiado, ése que reservan los periodistas inquisidores a la búsqueda de hechos resonantes, se advierte mandíbulas endurecidas, convincentes, cuellos exhibiendo venas gruesas como cuerdas marineras y manos sólidas, un tanto inestables, nerviosas. Las frentes se estiran o se arrugan, las cejas bajan y suben. Es muy probable que las columnas vertebrales estén siendo recorridas por unos pinchazos que van subiendo de intensidad, mientras las nalgas, sabias, reparten el apoyo del cuerpo con frecuencia inusual.
Están vestidos cada cual a su aire, nadie ha buscado émulos ni ha entendido que el encuentro justificase un acicalamiento especial. Todo lo contrario. Llevan, tal cual diría un escritor catalán, «ropas quizás inadecuadas, un poco del tipo de vendedor de muebles avispado».
En un momento, brotan las palabras. Porque estos hombres, aunque a primera vista no lo parezca, hablan, incluso intentan entenderse.
Quienes los conocen, se dan cuenta pronto que se propinan mutuamente redundancias de conferenciante aburrido y usan los escasos vocablos con los que, vaya a saberse por qué, han resuelto caracterizar su verbo.
Al fin, tras un murmullo que va languideciendo y sin abandonar la desconfianza, se saludan con parquedad y se van yendo, cabizbajos.
Son los miembros del Congreso de Intendentes, luego de otro encuentro fallido, aunque sin sangre.
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