DIARIO DE CAMPAÑA.

LAS LAGRIMAS DE MARIA NOEL

A María Noel se le llenaron los ojos de lágrimas. Terminaba de agradecer a sus alumnos de una escuela pública de la Ciudad de la Costa, por todos los momentos compartidos a lo largo del año, miles de minutos de vida en los que sentía que se habría brindado de corazón a cada una de esas personitas de moña azul.

Una de dichas personitas es mi hija menor. Yo, como tantos otros padres y madres, presenciaba la habitual entrega de los carnés de calificaciones de fin de año. Y se me quedaron enredadas en las retinas, corazón y cerebro, las lágrimas de María Noel y los apretados y espontáneos abrazos de los niños. Y me dije que si escribía sobre las impresiones que me llevaba de esa ceremonia, muchos lectores se preguntarían: «¿Cómo, hoy no escribe de política? «. Es exactamente al revés: siento que ésta es la más profundamente política de todas las notas que haya escrito, porque quizá sea la que trate sobre el más prioritario de todos los temas, y el que da sentido a muchos desvelos.

Mis hijas van a la escuela pública. Encontraron allí excelentes docentes, que no sólo les aportaron una sólida base de conocimientos sino que les brindaron afecto, valores, calidez. Sus compañeritos son, como en toda escuela pública, de diversas procedencias sociales, culturales, religiosas, económicas, políticas. Se sienten y se saben iguales, y en clase, manifiestan la alegría típica del niño que se siente contenido, cuidado.

La educación pública es el mayor tesoro de la cultura y sociedad uruguayas, y a la vez, el mayor desafío a futuro. Ha atravesado momentos muy duros en sus diversos niveles y estamentos, y debe sin duda resolver muchos problemas de fondo. Pero debe hacerse desde la más profunda convicción de que es un tema absolutamente prioritario y con una inmensa cuota de cariño, que el trabajo sin cariño suele ser infecundo.

Algunos actores del Uruguay de hoy intuyen en manifestaciones de este tipo un rechazo más o menos explícito a la educación privada. No es en absoluto mi caso. No lo podría ser jamás por mi propia trayectoria vital, ya que, por ejemplo, guardo un excelente recuerdo de mi tiempo de alumno de enseñanza secundaria de los jesuitas. Yo no puedo estar jamás en contra de quien promueva la excelencia educativa y la formación de valores de dignidad, responsabilidad, solidaridad y espíritu crítico. Todo lo contrario. Respeto profundamente la opción de aquellos padres que, por razones confesionales o las que fueren, contando con los medios necesarios, envían sus hijos a colegios privados. No se trata de construir desde el desmerecimiento, desprecio ni envidias. Pero es evidente que el núcleo integrador de la sociedad uruguaya, que la ha hecho tradicionalmente inclusiva, es el sistema de educación pública, al que puede acudir el hijo de cualquier hogar de esta República y compartir vivencias imborrables, momentos irrepetibles, junto a niños que le muestran las más distintas formas de pensar, sentir y vivir.

En las décadas negras, cuando invocando el monetarismo de Milton & Rose Friedman y a través de los «Chicago Boys», la economía rioplatense se basaba en tablitas que mostraron ser frágiles como escarbadientes, la sociedad vivió un doble proceso simultáneo: por un lado, la pauperización y marginación de grandes sectores de la sociedad, de elevadas tasas de natalidad y edades medias mucho menores al del resto de la sociedad; por otro, la asfixia de la educación pública por la vía de recortes presupuestales, reducción o eliminación de posibilidades de capacitación docente o adecuadas condiciones locativas, etc. El efecto de estos dos procesos sobre el sistema de educación público, y, particularmente, en el nivel primario, fue absolutamente devastador. Y si no fue aún peor, se lo debemos a la vocación prodigiosa de muchos docentes y la solidaridad e imaginación de las comisiones de Fomento o núcleos de padres que disimulaban las omisiones del Estado. Muchos padres de clase media y media alta terminaban optando por enviar sus hijos al sistema privado, en una decisión que no juzgo en absoluto, limitándome a señalar un hecho objetivo. Pero como corolario de este desplazamiento ­a lo largo de las décadas, muy significativo­ se intensificó el proceso de polarización y segmentación de la sociedad uruguaya. Comenzamos a tener una realidad impensada para el Uruguay de la primera mitad del siglo XX. Muchos hijos de los sectores más privilegiados de la sociedad, podían realizar todos sus estudios, desde preescolares a universitarios, sin haber conocido jamás a un hijo de una familia de modestos recursos. Y, recíprocamente, para los jóvenes pobres los hijos de los hogares acomodados devenían seres totalmente ajenos, que en parte se desconoce, en parte se envidia, generando una fuerte agresividad. La violencia social, la inseguridad, etcétera, son el forzoso paso siguiente en el proceso de destrucción de la trama de solidaridad e inclusión de la sociedad.

En el primer gobierno frenteamplista la inversión en el sistema educativo alcanzó niveles récord. La revolución del Plan Ceibal, verdadera hazaña societaria, fue el hito más visible de una sistemática política de recuperación de la educación pública, que incluyó también la generalización de la formación deportiva, de la atención de la salud bucal, etcétera. Plan Ceibal fuertemente apoyado en la conectividad provista por Antel en todo el territorio nacional, educación pública apoyada por los recursos que las principales empresas públicas, concebidas por Don Pepe Batlle como las mayores acumuladoras de capital y dinamizadoras de la economía en un país sin grandes inversores, aportan al Estado.

Hechos que explican nuestra sensibilidad ante la suerte de las empresas públicas: No me interesa en absoluto defender al Estado como ente abstracto, per se, sino, por un lado, preservar su rol vital en un país pequeño para garantizar soberanía y control ciudadano y por otro, el hacer muy presente cuánto significan los aportes de las ganancias de las empresas del Estado vertidos hacia políticas sociales. No se trata de una irracional defensa de ninguna «camiseta», sino de una muy sensata preservación de herramientas vitales para el desarrollo de una sociedad próspera e integrada, como tan bien expresara nuestro presidente Tabaré en la reciente cumbre del Mercosur.

La profundización de la revitalización de la enseñanza primaria será un gran desafío para el próximo lustro. Como lo será continuar avanzando y reformulando muy profundamente todos los niveles de la educación. Porque la enseñanza pública en todos sus niveles debe alcanzar la excelencia, contener, apoyar el desarrollo, desplegarse ordenadamente en todo el territorio nacional, ser realmente accesible y eficaz, ser sensible y proactiva ante las necesidades de la sociedad civil en sus diversas realidades y escenarios.

Los equipos que conduzcan el MEC, los Consejos Descentralizados, la Udelar, tendrán una responsabilidad mayúscula en este período, pues este debe ser el lustro de la educación pública. Pero la responsabilidad también reposará en todos y cada uno de nosotros, que como ciudadanos debemos apoyar las iniciativas felices y exigir que se revisen y superen los varios puntos débiles de nuestro sistema educativo.

Nuestra sociedad ha vuelto a ser integradora porque hemos vuelto a privilegiar las moñas azules y sus necesidades. Que jamás serán un gasto, sino la mejor inversión, debe repetirse hasta el hartazgo. El desafío de avanzar a más velocidad en este nuevo rumbo que nos recocilia con nuestra mejor tradición, con decisión y sabia combinación de osadía y mesura para cambiar en profundidad pero con sensatez y orden, es inmenso. Pero es completamente posible, no tengo la menor duda. Lo demuestran cabal y sobradamente, si fuera necesario alguna prueba, las lágrimas de María Noel, verdadera lluvia de vocación y amor a la docencia. Y de amor a los gurises, centro y sentido de la tarea docente. Y, naturalmente, el inmenso afecto
de las decenas de abrazos de pequeñas personitas que la rodeaban, todas engalanadas con esa hermosa y tan profundamente uruguaya moña azul.

|*| Analista y matemático

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