¡Qué triste!
Los miembros del Comité para el Premio Nobel de la Paz son unos alcahuetes. Han dado una descompuesta muestra de ese oficio con algo de asqueroso, que en sentido figurado significa ocultar o encubrir actos reprobables de una persona. Otorgaron la distinción a Barack Obama.
Antes debieron tapar, entre sus aristocráticos fundillos, las acciones contradictorias de este hombre que harían inadmisible la decisión.
Pero además de alcahuetes, los integrantes del Comité son ansiosos, de esos que entrechocan para llegar antes a chupar medias ilustres.
Pocas veces se ha visto a alguien recibiendo esta condecoración a tan corto tiempo de su visibilidad política y con tal escasez de hechos que despejen las sombras que lo rodean; claro, también es cierto que ya ha exhibido una lengüita bien sobada.
Obama, con su pudor tirado detrás del telón y la vergüenza ajena erizada, aceptó el premio e hizo un discurso descalabrado, incongruente, de pie sobre misiles nuevitos y tropas renovadas que, por ahora, seguirán en Afganistán, en Irak y vaya a saber uno en cuántos sitios más.
Hay que reconocerle algo. Es un fenómeno. Apenas asumió el gobierno despertó una ola de simpatía, aun siendo virtualmente desconocido para el resto del mundo, por el solo hecho de ser negro. Caramba, ¡es que ya era hora de que en el país de las discriminaciones un negro ocupase el Salón Oval, aunque ojalá lejos de los hábitos licenciosos de Clinton!
Ahora bien, ¿quién dijo, quién certificó que este individuo es un Martin Luther King redivivo? ¿Quién apuesta, siquiera, que llegue a los tobillos de James Carter, ese que aprendió de sus errores, dio lucha al poder desde el llano y se convirtió en un militante pacifista?
Que los tipos de Oslo hagan lo que se les cante. Para eso tienen dinero y empeño en alcahuetear. No entremos por el aro nosotros, fascinados equívocamente porque en el lugar de Lincoln hay un flaco de padre nacido en Kenia.
Un imperialista más.
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