ETICA: DEL VIVIR BIEN AL SUCUCHO PRESIDENCIAL

La sucesión ininterrumpida de definiciones políticas, en cierta parte significativa, de este sur no da descanso.

Cuando el domingo pasado la curiosidad e interés reflexivo me orientaban hacia el triunfo de la izquierda uruguaya, se estaban celebrando las elecciones en Bolivia, lo que me obligó entonces a dedicarle una parte del texto. Hoy, ante el estímulo de la victoria de la izquierda boliviana y su consecuente invitación al debate, no podremos eludir la confrontación electoral en Chile, aunque con más acotado espacio dadas las sombrías perspectivas. Sin embargo, la dispersión analítica de esta ristra de desembocaduras determinantes para el futuro de los países involucrados y de la región podría compensarse, en parte, con la riqueza que todo dibujo comparativo contiene. Aunque en aquella contratapa presuponía una victoria arrasadora de Evo Morales, como antes lo fue la de Pepe Mujica, no imaginaba que fuera por un margen tal que le asegurara hasta más de las dos terceras partes de ambas cámaras con sus alentadoras consecuencias.

En lo personal, este sesgo anticipatorio supone una transformación significativa de mi estilo literario y teórico, además de un riesgo al que aludiré más adelante. Tal vez mi analista debería tomar nota de ello. Porque jamás tuve vocación de oráculo y porque la racionalidad política y su predictibilidad es de un nivel de complejidad e incerteza que abreva en razones tan diversas como, por ejemplo, la alienación humana, la construcción hegemónica del sentido común en el capitalismo y las muy desiguales posibilidades de distribución del mensaje, entre tantas otras relevantes. Las izquierdas, aún los francotiradores independientes como quien suscribe, siempre desarrollamos teorizaciones y también excusas ideológicas sobre nuestras derrotas, ya que fueron casi una norma en la historia. Este ejercicio y vigor, sin embargo, no es equivalente para pensar victorias potenciales o efectivas. Desechar la asepsia del historiador o comentarista postrero, de aquel que analiza los resultados puestos para lanzarse a la intemperie del vaticinio, en mi caso sólo se explica por la triple combinación de:

1. Encuestas regulares con resultados redundantes y convergentes, que otorgan mucha seguridad fáctica aunque no expliquen absolutamente nada.

2. Mi propio deseo, es decir, la pasión por la defensa y contribución militante a una opción ética, racional e ideológica, electoralmente expresada.

3. Cierta presunción hipotética de que allí donde hayan podido expurgarse o minimizarse las tendencias centrífugas del sectarismo, del personalismo, del corporativismo, alcanzando de este modo unificaciones políticas delimitatorias entre el cambio y su resistencia, habría un componente significativo para cierta previsibilidad política. Algo esquivo en la historia. En un orden menor, la de una cierta eficacia en el mejoramiento de las condiciones de vida de las mayorías.

El riesgo al que aludí es, en el mismo registro subjetivo y dentro de la impredictibilidad aludida, cabulero. Hasta esta llamada «ola progresista» en América Latina, cada vez que opté por una opción política perdí, lo que conlleva la íntima sensación de malograrla con mi apoyo y entusiasmo, ya que sólo la «ola» no garantiza victoria alguna. Reconozco la irracionalidad, pero lo siento así, por ejemplo, con los plebiscitos uruguayos. No todas son ni serán rosas aún dentro de la «ola».

De los tres aspectos señalados, el primero merecería alguna mediación explicativa. En la actual fase massmediática del capitalismo con su marketinización política (que en ningún caso el giro progresista ha podido, y posiblemente tampoco querido, modificar) la encuestología constituye tanto un insumo insustituible de planificación y organización política para todo el espectro ideológico, incluido el revolucionario, cuanto una fuerte inducción a la polarización y el pragmatismo cívico utilitarista. Junto a la publicidad, debilitan al ciudadano al convertirlo en consumidor. Por lo tanto, no hay relación alguna con el segundo y tercer aspecto señalado. Ni con la ciencia, ni con la racionalidad política. Anticipar no explica nada. Sólo describe, aunque no es poco. Su objeto es el qué, no el por qué. Puede adelantar que gana Pepe, que gana Evo y que ¿ganaría? Piñera. Pero no puede explicar por qué.

Sin embargo, a través del estimulo mediático, se han incrustado en el sentido común supuestas potencialidades hermenéuticas, contribuyendo a ocluir la producción teórica, es decir, el descubrimiento de las leyes sociales que producen los resultados medidos, con más potencia aún cuando son exitosos. En Uruguay, por ejemplo, quienes dirigen las encuestadoras son respetados intelectuales, sociólogos o politólogos que como tales tienen herramientas para contribuir a desentrañar fenómenos políticos y sociales. Tal vez esto contribuya a explicar por qué en Uruguay las encuestas son tan precisas y parejas entre sí. Por lo tanto, mis conclusiones no los cuestionan personalmente, sino que lo hace a la producción ideológica, dominante aún en la izquierda, que otorga una cientificidad ilusoria derivada de la mera producción de datos. Conceder a los encuestadores una autoridad particular para explicar fenómenos políticos es como pretender que un agrimensor pueda desentrañar las causas de la tendencia hacia la concentración de la propiedad de la tierra.

En cuanto al segundo y tercer aspecto puntualizado, es posible esbozar algunas líneas comparativas. En trazos muy gruesos, a diferencia de la Concertación chilena, el MAS y el Frente Amplio desarrollaron estrategias muy similares en sus primeros gobiernos y sus programas los emparentan aún más en esta próxima etapa, con eje en el combate a la pobreza con políticas de inclusión, resguardo de los propios recursos y autonomía. Resultan formaciones sociales diametralmente opuestas en materia de medios y desarrollo, de configuración económica y social y tradiciones culturales, educativas, cívicas y políticas, lo que supone tareas muy diferentes para alcanzar estos objetivos. Pablo Estafanoni lo enfatiza en «Brecha» criticando las tesis de diferenciación por izquierda. «Sintomáticamente, cuando los defensores de las tesis de las dos izquierdas mencionan las políticas concretas que hicieron ganar a Evo, resulta que estas no son muy diferentes a las implementadas por los más moderados gobiernos de Brasil y Uruguay».

Inversamente, en Chile la confrontación con la reacción nunca pasó de una socialdemocracia clásica con los 20 años de la Concertación y si bien no está dicha la última palabra, las encuestas indican que el millonario Piñera, una suerte de Berlusconi trasandino, ganaría en primera vuelta aunque para imponerse definitivamente en el balotaje debería impedir la alianza de Frei con Arrate y Enríquez-Ominami. Muy pobre y distante perspectiva en el contexto latinoamericano actual.

Pero a Uruguay y Bolivia algo más que el programa los emparenta. A la profundización continuista del giro boliviano en el segundo gobierno de Evo le corresponden algunas pequeñas rupturas y distancias que sospecho en Uruguay, desmintiendo la aliviada interpretación del semanario «Búsqueda» a un reportaje a Mujica en el canal VTV. No es mi intención desmentir al electo presidente con su autointerpretación del mandato ciudadano como «no te pasés de la raya», como no podrá desmentirse el cambio de correlación interna de fuerzas que viene experimentando el FA ni las varias intervenciones simbólicas de enorme potencia en torno a la austeridad y la honestidad precisamente del propio Mujica. Una de ellas ratifica mi incapacidad predictiva (ya sin encuestas) cuando sostuve que la intención encomiable de continuar viviendo en la chacra sería impracticable por razones de seguridad.

Hay un común denominador vital entre Evo y Pepe. Para ponerlo en palabras del primero: «Quien de verdad entra a este juego democrático no lo hace para mejorar su economía. Tiene que empobrecerse,
esa es la verdadera autoridad». Me animo a predecir que el segundo suscribiría. Cuando supe por los medios que el derrotado Larrañaga había acudido a lo que de aquí en más, en homenaje a la lucha contra el desprecio de clase, la violencia simbólica y la discriminación, llamaré «sucucho presidencial», concluí que el cambio al que aludo ya había comenzado.

Mucho más definido en el discurso boliviano (por las tradiciones étnico-culturales que porta consigo, tan diferentes al republicanismo oriental, por cierta influencia del zapatismo, además) un sustrato común los emparenta. El «vivir bien» de rango constitucional en el país del altiplano, que se diferencia del concepto de bienestar como mera posesión de bienes, vertebra también el imaginario de Mujica porque fluye tácitamente en su vivir concreto cotidiano, otorgando coherencia a su narrativa. En ambos casos sus candidaturas, superadas internas y diferencias (inclusive acusaciones de giro hacia el centro, de concesiones, como la de algunos movimientos sociales aymaras o quechuas en Bolivia o grupos políticos y sindicales radicales en Uruguay) lograron trazar la frontera indispensable con la derecha, unificando todas las fuerzas del cambio en un programa.

No creo que resulte casual que esta tarea titánica la hayan logrado dos exponentes ajenos a las élites de sus países, quienes unificaron también su vida personal con sus ideales políticos. Algo que a falta de mejor nombre llamamos simplemente ética.

|*| Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano. [email protected]

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