Las bochas
¡Qué juego, las bochas! Con mucha práctica y habilidad es posible pegarle a la bola elegida, aunque sea de refilón. En general priman la voluntad y la audacia, a la espera de que la fortuna dé una mano.
Librados de los politólogos, que durante meses nos propinaron sus estupendas visiones con locuacidad impar, irrumpieron los economistas. Tales soberbias estatuas vivientes nos anuncian hoy, solemnes, lo que vendrá.
¡Y pensar que yo creía que «Lo que vendrá» era un tango de Piazzolla!
Julio de Brun, presidente de la Asociación de Bancos Privados del Uruguay, pronosticó un par de años de bonanza y luego disparó una advertencia: habrá que prepararse para una crisis. Si uno pretende, desde su sentido común, introducirse en los argumentos de este hombre, abundantes y suficientemente difusos, se siente como un paquidermo muy laborioso buscando en un hormiguero.
¡Ah, no! No vale el argumento de que para entender hay que saber tanto como quien predice, ni es necesario fundar esta precisión porque ya ha sido abundosamente comprobada en el tiempo; aceptar esos diagnósticos sin más implicaría admitir que al mundo lo manejan los economistas.
En fin, aún fresca la tinta de lo ya escrito, ¿por qué me acosa la sensación de que está ocurriendo algo parecido?
Igual me planto. Seguiré luchando contra estos bochófilos que asaltaron el placard de Nostradamus y se colgaron sus ropas predilectas.
Paso a compartir una noticia: arqueólogos peruanos hallaron en Machu Pichu cuatro fuentes ceremoniales del culto al agua de los incas. Quizá, desaparecidos unos indios tan célebres y respetados, muchos sospecharon que las fuentes existían. Pero no les dio por ir a proclamarlo a los cuatro vientos e insumieron siglos, con participación de varias generaciones de investigadores, para descubrir la verdad. Fue en ese precioso instante que se precipitaron a la divulgación.
¿Me permite, lector, la licencia de decir que estoy podrido de los bochazos?
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