La confianza
La política es capaz de crear un desconcertante mundo paradojal.
Los ciudadanos, en sus cotidianas manifestaciones o en el respeto por sus compromisos cívicos, dan la impresión de confiar en la política y en los políticos; sin embargo, con excesiva frecuencia la política y los políticos se encargan de horadar esa confianza hasta trocarla por su exacto revés. No pasa de modo permanente, pero ocurre cada vez que, ya elegido un nuevo gobierno, el presidente y su entorno desenrollan la madeja de las designaciones de cargos.
Hubo un tiempo en que la izquierda proclamaba la idea de dar las responsabilidades a las personas más capaces para las funciones implicadas. Hablo en pasado con cierta pesadumbre pues a la vista está, demasiado en línea con decisiones que tomó Tabaré Vázquez al asumir, que la preocupación esencial es otra: el equilibrio político interno, de acuerdo al peso intrínseco de cada sector de la coalición.
No se trata de restarle importancia a ese equilibrio; no conviene confundir a la sensatez política con la ingenuidad. Sí se trata de no crear tensiones innecesarias ni reclamos sonoros que obligan a quitar la vista de lo principal: el programa de gobierno, los asuntos que hay que convertir en políticas de Estado, las reformas, la construcción del porvenir.
¿Tiene entonces razón Michelini? Así parece, si lo analizamos desde el punto de vista de ese equilibrio. No la tendría si se aplicase aquella vieja idea de poner aquí y allá a los más preparados para cada función.
En fin, quizás el error esté, más que en las diferencias, sanas para una vida democrática, en la declamación pública prematura de muchos, que la prensa utiliza a su leal saber y entender, o sea bien, regular o mal, aunque siempre influyendo en el ánimo de la ciudadanía.
Hay tiempo de enmienda. Es decir, parar la mano y armar, con inteligencia y valentía, el mejor equipo de gobierno sin que a la interna la sacuda una gastritis de aquellas.
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