LA COLUMNA AMARILLA

Los dos palos

En el linde de dos campos, el dueño de uno, con pinta de gaucho guapo y emprendedor, había clavado un primer palo para alambrar. Rachas de viento y lluvia lo ladearon un poco. Pero él mantenía esperanzas.

Canoso y de mentón desafiante, catedrático en astucia, el dueño del otro campo, observando el palo con detenimiento, sacó conclusiones que jamás reveló. Enseguida supo que había suficientes circunstancias para hacerle un ofrecimiento a su vecino. Lo visitó y le dijo: -Yo te clavo otro palo al lado del tuyo para que aguante. De lo contrario no vas a poder seguir. Eso sí, lo pongo un poco más alto, para que soporte mejor lo que venga.

El gaucho guapo aceptó y el canoso de mandíbula generosa fue y clavó su palo, hasta entonces escondido.

Mucha gente del pago entendió que como ese palo soportaba al otro, y además se alzaba unos centímetros más, el hombre de la idea había adquirido una cierta potestad sobre ambos campos, hasta decidir, incluso, si al final se ponía o no un alambrado que los separara.

Ambos campos quedaron unidos y abiertos.

Hubo un tiempo feliz, de serenidad y optimismo. Influyeron consejos de sabihondos que nunca faltan, pero no demoraron el guapo y el canoso en advertir que la cosa no era tan fácil.

Siguió lloviendo, un viento que venía del oeste, o sea del lado izquierdo, aflojó más la tierra y los dos palos iniciaron un movimiento precipitante que no se detuvo hasta el derrumbe. Ya en el piso, alguien les puso una cintita colorada, vaya a saberse con qué intención.

Hoy los dos hombres se miran de lejos, edificando una conformidad en la que nadie cree. Cada uno por su lado, sin demasiadas alharacas, saca cuentas, calcula cuál fue el error. El gaucho guapo está convencido que su palo, aun torcido y amenazado por las fuerzas naturales, hubiera permitido iniciar el alambrado que, piensa ahora, debió haber colocado.

El del pelo gris casi blanco, en cambio, entorna los ojos y sonríe.

¿Por qué será?

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