¡A la pelotita!
La velocidad a la que se difunden descubrimientos de la ciencia es, aunque parezca una exageración, causa de diversos accidentes cerebrales.
Cuando uno quiere reponerse de la conmoción anterior, llega otra noticia que lo clava de cabeza.
Estamos medio locos con la cuestión del cambio climático y los gases de efecto invernadero. Ahora es probable que quedemos locos del todo.
Parece que no hay dudas: uno de los peores gases es el metano. Y el metano sale por ahí, libre y alegremente a contaminar, también por los eructos y las flatulencias de las ovejas, igual que de las vacas, razón por la cual unos científicos han propuesto cambiar la alimentación de estos animales como forma probable de solución.
Según han dicho, ese cambio permitiría que tales eructos y flatulencias suavizasen los perjuicios que ocasionan y que, además de nosotros, lector, simples ciudadanos, van empujando al delirio a los meteorólogos, que ya ni disfrazados embocan una.
Ovejas y vacas aparte, confieso que me estruja el corazón una duda digna de un príncipe dinamarqués con una calavera en la mano: ¿los eructos y las flatulencias de los seres humanos no despiden metano, ni siquiera en menor proporción? ¿Alguien será tan compasivo conmigo y me lo aclarará?
Para mí es muy importante, créame, lector.
Si la respuesta es negativa no habrá ningún impedimento para que yo siga dando, de tanto en tanto, una vueltita por el boliche del Chiquito Otegui; ya estoy habituado al tipo de gases que expelen, en reiteración real e intensidad 5.7 en la escala de Richter, el Facha Ruiz, el Negro Collazo, Epifanio y Ruedita; además, quedarían libres de sospecha de influir, desde el Sur, en el cambio climático.
Pero, más significativo aún, sabremos que no serán eructos ni flatulencias, en cuya expulsión desde los respectivos orificios corporales incurren hasta renombrados líderes políticos, razón de obstáculo para un consenso.
No es poco en esta hora histórica.
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