La esperanza
El domingo fue inhóspito. La lluvia, de a ratos vertical y copiosa, de a ratos en rachas finas y arremolinadas, no dejó en paz a nadie. Se me antojó que alguien monstruoso, con las peores intenciones, había tenido la idea de poner a prueba la entereza y el entusiasmo de los ciudadanos.
¡Qué alegría comprobar que fracasó!
Todos salieron a cumplir con el deber cívico convocador y fue fácil advertir que detrás de tamaña marea humana, acosada por la humedad y los charcos, iba empujando la esperanza. Se la pudo ver como una sola, grande, pero también que cada quien tenía la suya.
Y hubo un detalle que me pareció la joya del cajón de la abuela: los embotellamientos terribles del tránsito produjeron el milagro de que los bocinazos, un hábito grosero e inmutable de los montevideanos, asemejaran una alegre fanfarria en vez de una sonora e interminable puteada.
Ahí también obró la esperanza.
No deja de ser una curiosidad muy uruguaya, reconocida en el mundo. El aparentemente simple acto de ir a votar, contribuyendo a decidir al menos parte del futuro inmediato del país, tiene la virtud del encantamiento. He llegado a creer y piense usted, lector, si quiere, que desvarío que ejercemos ese acto de una manera tan esperanzadora y alegre, que es, parafraseando a Huxley, «como si el brillo de lo que Platón denomina el mundo ideal se volcara en el mundo normal, de forma que se lo perciba transfigurado y dotado de belleza increíble». ¿Acaso una experiencia visionaria? Quizás.
Yo sigo persuadido de que todo es posible gracias a la esperanza, que ojalá nunca perdamos.
Ciertamente, a la tardecita, ya conocido el resultado de la votación, la mayoría gozó todavía más y al resto pudo haberle ganado la desazón.
¿La separación de las aguas otra vez?
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