Sólo para bien
Suele decirse que es malo andar o estar solo. Me parece que el aserto encierra un sofisma sutil. Es posible que no sea buena la soledad, en una percepción de la vida muy general, ya que el ser humano evolucionó, desarrolló conciencia y sentimientos y ha sentido desde entonces la necesidad de compartir con otros su peripecia existencial, sea a través de la familia, de la amistad o de intereses comunes.
Sin embargo, hay ciertos instantes de soledad en la vida del hombre que son esenciales al ejercicio responsable de su libertad.
Por ejemplo en el cuarto secreto, cuando decide su voto en una elección.
No se trata de que las cosas cambien de sentido, ni de que la soledad modifique la opinión de quien entró ya persuadido de lo que debía hacer, aunque nadie podrá negar que el indeciso duda hasta último momento. Se trata, en realidad, de la calidad del escenario y del clima espiritual que impone: hay tranquilidad, no se sienten presiones de tipo alguno y el votante queda a solas con su mismidad, plenamente consciente de que su acto, aun individual, adquiere una importancia impar.
Dicho de otro modo, está solo para bien.
¿Cuánto tiempo lleva acosado por una campaña tan larga como aquel camino al que cantó Atahualpa Yupanqui? ¿Cuánto tiempo lleva de militancia o de interrogaciones? ¿Cuánto tiempo lleva con ojos y oídos acribillados por la propaganda? ¿Cuánto tiempo lleva discutiendo de política en la calle, en el ómnibus, con el taxista, en el boliche, en los asados con amigos y hasta en su propia casa?
Cansa, lector, cansa hasta al más decidido de los ciudadanos. Se asemeja a una marea que inunda la vida de la persona, al zumbido múltiple de una colmena agitada, a una explosión de estruendo interminable, a todas las obsesiones de todos los adictos. Causa alegría, sí, y también ansiedad.
Pero al ingresar al cuarto secreto ¡cuánta tranquilidad! El ánimo se distiende, la mente se despeja, no hay agitación.
Menos mal.
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