ANECDOTAS
Estos dos últimos días, anteriores a las elecciones nacionales, tanto en la primera como en la segunda vuelta, representan algo así como un momento de descanso previo a la definición, un alto en el camino no exento de ansiedades, pero al fin y al cabo, una suerte de alivio para mí. Los que enfrentamos las campañas electorales con pasión y muchísima intensidad, sabemos que durante estos dos últimos días las principales responsabilidades tienen como protagonistas a otros compañeros.
Representan la última etapa del proceso, el momento para ajustar todos los detalles organizativos y operativos que tienen que ver con el día de la elección. El transporte, la atención de los circuitos, los delegados, el trabajo en nuestros locales partidarios, pasan a ser las prioridades y los puntos a resolver por otros compañeros que ya han venido preparando los pormenores de la jornada.
Nosotros los candidatos entonces, con mucho menor ritmo de actividad, atendemos a la prensa y mantenemos el contacto telefónico con nuestros compañeros en los distintos puntos de Montevideo, Canelones y el interior del país. La veda electoral permite un espacio para reflexionar y hasta para contar anécdotas, de las cuales tengo un par que quiero compartir con ustedes.
UNO. Cuando chico me la pasaba jugando con algo que como juguete no ofrecía demasiado, pero que igual lograba disparar en mí ese fantástico poder de la imaginación con el cual todos contamos a esa edad. El objeto era una gran bala de cañón que teníamos en casa, que medía casi un metro de altura y que el general Líber Seregni le había regalado a mi hermano Felipe. Por supuesto estaba desactivada, no tenía pólvora ni nada explosivo, era vieja y la desarmábamos y armábamos nuevamente, como parte del juego.
Desde lejos, la bala imponía respeto, con su tamaño y su metálica presencia maciza, de color verde inglés, que sugería ciertamente sus varios kilos de peso. Pero su pretendida imponencia sucumbía irremediablemente, ante el asalto y los arrebatos de los niños de la casa. Ella iba de cuarto en cuarto y luego del patio al jardín, en diferentes representaciones y propuestas de juego, que compartíamos con Felipe y otros de mis hermanos.
Hasta hoy en día no sé cómo mi madre nos permitió tenerla y sin hacer demasiada cuestión toleró que anduviera entre nosotros, para un lado y para el otro. La gran bala de cañón estaba ahí, pacientemente instalada en nuestra cotidianeidad, testigo mudo de idas y venidas, de alegrías y tristezas, de los distintos episodios que se vivían en aquella casa.
Con el paso del tiempo comencé a ver en ella cosas distintas; la bala adquirió para mí otro significado. Me recordaba constantemente la fuerte amistad que unía a mi padre y al general Seregni. Una amistad que venía desde bastante atrás en el tiempo. Me recordaba también aquellos paseos que hacíamos con mi padre y mis hermanos, que culminaban en la región militar Nº 1 para visitar a Seregni, que era el jefe de ese destacamento y el militar más prestigioso del país.
Las charlas animadas entre ambos representaban momentos cargados de simpatía pero de contenidos indescifrables para nuestras cabezas de niños. Lejos estaba yo de poder comprender que allí, en las conversaciones de mi padre con ese señor de bigotes y amplia sonrisa, en esa amistad, se estaba gestando una obra maravillosa que cambiaría la historia de nuestro país.
Mi padre siempre pensó e insistió en el papel fundamental que el general Seregni debía tener en la conformación de una gran organización de izquierda, en la creación de una gran alianza entre todos los sectores políticos comprometidos con el cambio, el progreso y la justicia en Uruguay. Zelmar priorizó la conformación del Frente Amplio y la unidad de toda la izquierda, se comprometió enteramente con ello, postergando cualquier cálculo personal y hasta su propio destino.
Si no hubiera estado Seregni, no habría sido posible crear el Frente Amplio, pues no hubiéramos contado con el aporte formidable de aquel hombre que desde su gran visión de futuro construía y cuidaba las confianzas de la unidad en la diversidad. Sin Zelmar, sin su idea, su decisión, su persistencia, sin su papel de articulador, tampoco hubiera habido condiciones para lograrlo, al menos en aquel momento.
La amistad entre Seregni y Zelmar, ese pedazo de historia, estaba representada para mí en la presencia de aquella bala de cañón. La amistad entre esos dos hombres, potente y fermental, estaba allí acompañándonos, fuerte y silenciosa, como la vieja bala que el general le regaló a Felipe.
DOS. El agente de policía cumplía órdenes, claro está. No voy a cargar las tintas sobre él. Pero después de comunicarle sus órdenes a mi madre, procedió a hacerle pie a su compañero de patrullero que, como pudo, sin mucha plasticidad, arrancó sin consideración, despiadadamente, la bandera de Otorgués que flameaba en el jardín de mi casa. De nada valieron los argumentos esgrimidos por mi madre y la repentina resistencia de la bandera, que ayudada por un viento compañero logró esquivar los primeros manotazos de la crueldad.
Se la llevaron. Se llevaron nuestra bandera del Frente Amplio, que en plena dictadura flameaba en el jardín de mi casa, a la vista de todo el mundo. La prueba del delito fue requisada por la Policía y seguramente habrá algún expediente, en un cajón, en algún rincón de la Jefatura, que aún mantiene en cautiverio la bandera de mi casa. Era el año 1975, mi hermana Elisa estaba presa desde el 72, mi padre estaba exiliado en Buenos Aires desde el 27 de junio de 1973, fecha del golpe de Estado, y con él se habían ido mi hermano Zelmar (Chicho) y mis hermanas Margarita, Isabel y Cecilia.
No era la primera vez, ni era la primera bandera del Frente que nos arrancaban del orgulloso mástil que levantamos en el jardín de mi casa. Pero las otras veces fue por la noche, a escondidas, sin dar la cara. En la oscuridad, furtivamente, los funcionarios del régimen habían hecho desaparecer las anteriores. Pero tantas veces como las arrancaron, tantas veces colocamos una nueva. Era una de las formas de resistencia que teníamos. Nos aferrábamos a sus colores, a su imagen de libertad flameante. La gente pasaba y se quedaba mirándola, ahí estaba nuestra bandera y ahí estábamos, de pie, más allá de todo el dolor y todo el sufrimiento que vivíamos.
Increíblemente, ya hacía un par de meses que esta última bandera permanecía intocada, a tal punto que el sol había desteñido en algo sus hermosos colores. Sentíamos que por el momento estábamos ganando la pulseada. Pero ese día fue distinto, la retiraron a plena luz del día, por escrito y dando la cara. Todo era un absurdo, un procedimiento con dos policías para retirar una bandera del jardín de la casa donde vivía una ciudadana con unos niños.
Seguramente la orden fue dada por alguno de esos oficiales que peleaban su batalla en su propia cabeza y a quien le pareció un objetivo estratégico impedir que la bandera del Frente flameara en la casa de los Michelini. A Elisa, mi madre, le hubiera gustado mucho el banderazo. Habría visto, en esa enorme bandera frenteamplista, también a la nuestra, la que iluminaba nuestro jardín. Seguramente le hubiera gustado más verla asociada a la alegría que a la resistencia. Aunque en ambas actitudes, a mi madre, la reconozco.
|*| Senador, Nuevo Espacio FA
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