EL HIMNO
¿Qué sentido tiene discutir cuál es la «versión» oficial del Himno? ¿Para qué se lo enseñamos a los niños?
Si el único sentido fuera la solemnidad protocolar de la siempre sospechosa «versión oficial», el Himno sería, para gozo de la burocracia, un trámite.
¿Qué tipo de orquesta da la pretendida «oficialidad», cuántos violines, cuántos timbales, qué coro, cuál de los tenores…?
El Himno se aprende para cantarlo en horas cruciales siempre dramáticas de una nación o de una vida: generalmente sin orquesta, coros, ni tenores… Las mejores interpretaciones las pudimos oír y cantar en pésimas horas y peores lugares, cuando buscábamos aliento para resistir y luchar. A lo sumo con el acompañamiento asordinado de una rota guitarra aficionada. Nos costaba buena lluvia de palos hacerlo.
Cuando el Himno es más necesario, su versión «Oficial» es inútil porque nunca está.
Así lo cantaron las multitudes en la resistencia a la dictadura. Y los trabajadores apaleados, humillados y «militarizados». Muchas fábricas resistieron el embate reaccionario cantando el Himno a su modo.
¿Cuántas veces a lo largo de tantos años y tantas guerras (civiles y de las otras) los soldados (de línea o no) lo cantaron a campo abierto poco antes de la muerte a capela y con la voz cascada del combatiente o la moribunda del herido?
Y siempre sobre ellos flameó alguna bandera rota y «sucia» de barro y sangre. «Tuneada» por la lucha.
Hemos podido estar en reuniones de orientales radicados en el exterior y también allí hemos cantado al son de guitarras y tamboriles, un Himno que en esas condiciones y sólo en esas, adquiere por entre las lágrimas su auténtico significado. Muchas veces ha retumbado por calles catalanas, suecas o australianas la canción de los uruguayos cantada por hombres, mujeres y niños… Como un sublime reclamo.
Este pueblo le hizo al Himno mayores arreglos musicales que los de Jaime Roos. Lo cantó poniendo énfasis con gritos, en la frase «¡Tiranos temblad!». Y claro: entonces la dictadura vomitó decretazos por los que en nombre de la versión oficial prohibió cantarlo así y explicó ómo debía ser bajo pena de… Nos han dicho que entonces un Estadio lleno (como el del otro día pero en 1980) ejecutó, sin músico ni arreglador especializado, ese tan formidable arreglo musical que cambiando la versión ordenada dictatorialmente, interpretó el Himno de acuerdo al momento y a la eterna lucha por la libertad.
Con todos los himnos y banderas ha pasado siempre lo mismo.
La Marsellesa y la Internacional fueron cantadas en todos los idiomas y estilos en dramáticas horas por multitudes, por combatientes y por personas solas y heroicas.
Hoy día le quieren poner letra (que no la tiene) al Himno provisional de España, que es la Marcha Real. Decimos provisional porque España a lo largo de su trágica Historia (incluso reciente) ha tenido varios himnos y banderas según quién haya ganado y quién haya perdido. Y eso todavía está en litigio… Los más famosos himnos han llegado a serlo en esas circunstancias y de ninguna manera en alguna competencia de orquestas en el Sodre por Licitación Pública…
La famosa foto del soldado soviético poniendo la bandera sobre la Puerta de Brandenburgo, dando fin a la Segunda Guerra Mundial en Europa, fue transformada en «viñeta» universal del heroísmo anónimo.
Sin embargo, esa tan famosa bandera, estudiada por expertos, no es la «oficial»: se trata de una sabana o tela roja conseguida de apuro por las diezmadas unidades de vanguardia, sobre la que también de apuro malcosieron una hoz y el martillo también mal manufacturados.
¿Quién puede reprocharle a esos soldados que no hubieran esperado la burocrática bandera oficial de los generales que a esas horas todavía reposaban lejos en la salva retaguardia?
Si vamos para Estados Unidos, veremos lo mismo en el caso de la bandera enarbolada en Iwo Jima: en la cruda realidad donde se moría y mataba, la que se enarboló sobre el pico de la legendaria colina fue una chiquita, arrugada y sudada que un soldado raso llevó debajo de su camisa hasta la cumbre.
No faltó Gran Jefe a salvo que al verla con prismáticos desde su bunker inatacable, mandó cambiarla por la suya, oficial, nuevita y más grande, y mandó volver a sacar las fotos «oficiales» generando hasta hoy además de buenas películas, un debate interminable. Pero a no engañarnos: la auténtica es la chiquita.
Nuestros símbolos patrios han sido cambiados muchas veces. No estamos hablando de versiones diferentes sino de cambios sustanciales (como por ejemplo la cantidad de franjas en la bandera). Y muchas de esas veces lo fueron por viles razones politiqueras impuestas por el que ganó contra el que perdió.
Una de las tantas dictaduras coloradas inventó un departamento para conseguir un senador (el dictador). Encima le puso el nombre de un traidor: Flores. Ese ordinario decretazo cambió la versión oficial del mapa.
Es buenísimo señalar que Artigas le dio plena libertad a sus huestes para que diseñaran su bandera como quisieran y así la Historia muestra cantidad de ellas. La del Frente Amplio es una y la de la provincia argentina de Entre Ríos otra. La de los Treinta y Tres es otra. Y la de Paysandú otra.
Los disparates que a raíz del «debate» desatado se han perpetrado verbalmente, «nos obligan a salir» bajo pena de complicidad con graves tergiversaciones de la Historia.
Algunos han dicho que lo hecho la otra noche sólo sería admisible en un espectáculo privado…
Esa afirmación (además repetida) abisma: porque un partido por las eliminatorias hacia el Mundial de Sudáfrica es un evento absoluta y totalmente privado. Como un partido en el Lawn Tenis o en la cancha de bochas La Flor de Belvedere.
Pertenece pura y exclusivamente a la Asociación Uruguaya de Fútbol (entidad por suerte no estatal) y a la FIFA (entidad también privada a la que está afiliada la AUF y que, casualmente, es la que organiza el Mundial).
La cantidad de espectadores no hace a la calidad del evento.
El Himno es un concepto y para serlo debe ser claro y distinto. Todo modo de interpretarlo es lícito siempre que al oírlo, cualquier persona entienda que está oyendo el Himno de Uruguay. De otro modo suicidamos la posibilidad de cantarlo cuando más importa.
El próximo domingo, el de la fiesta popular, lo cantaremos muchas veces en muchas versiones. Pero seguirá siendo el mismo.
*| Escritor, senador de la República.
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