DIARIO DE CAMPAÑA: UN ABRAZO FRATERNO PARA UN HOMBRE VALIENTE
«No podrás decir que te he dado una vida aburrida». Si la memoria no me falla, palabras más o menos, ese era el humor con que Wilson Ferreira Aldunate animaba a su esposa, Susana Sienra, mientras tendidos en los pastizales de Laguna del Sauce, esperaban el cercano pasaje de una avioneta para tomar rumbo al exilio. Exilio en el que, en 1976 y en la sangrienta Buenos Aires, salvara su vida providencialmente y gracias a la dignidad de la Embajada de Austria, pues es sabido que Wilson era el tercer objetivo en la salvaje redada en la que cayeran Zelmar y el Toba.
Los dictadores militares lo odiaban y basta leer recortes de artículos de algunos diarios de la época (incluso de filiación blanca) para ver los niveles a los que llenaba la insana obsesión.
En la noche del 27 de junio de 1983, con los tanques encendiendo motores para tomar el Palacio Legislativo, Wilson pronunció palabras que aún hoy, erizan al más pintado:
Me perdonarán que yo, antes de retirarme de sala, arroje al rostro de los autores de este atentado el nombre de su más radical e irreconciliable enemigo, que será, no tengan la menor duda, el vengador de la República: ¡Viva el Partido Nacional!
Un flaco alto, jovencito, de saco y corbata y peinado con raya al medio, lo apretó fuertemente en un abrazo apenas se levantó Wilson. Era Juan Raúl Ferreira Sienra. El que según mi muy querido amigo «Pelín» Rodas, por aquel entonces militante comunista y veterinario en los campos castillenses de Wilson, era una excelente muchacho, con el que compartía cabalgatas y jornadas de trabajo.
El flaco alto creció. En el exterior, su actividad condujo a la creación de la «Convergencia Democrática», para aunar esfuerzos en el combate a la dictadura. Fue senador, embajador, adquiriendo una visión muy abierta del mundo y sus complejidades.
Durante su actuación pública recuerdo haber pensado como él la mayor parte de las veces, pero también discrepado otras tantas. Jamás dejé de pensar que estaba frente a una persona muy inteligente y con una sólida perspectiva.
Hace poco, en estas páginas, recordaba la molestia de Juan Raúl ante un militante blanco que cuestionara su homenaje a Imilce Viñas por ser ella frentista. Luego, anunció que votaría por la anulación de la Ley de Caducidad y las críticas de algunos y los ninguneos de otros comenzaron a hacerse oír. Ahora, Juan Raúl anuncia que no reconoce el wilsonismo tras la figura del Dr. Lacalle, habida cuenta de la actitud confrontacional y de «vale todo» que ha cobrado su campaña. Y que como wilsonista que es, no lo votará. Una decisión compartible o no. Pero que no debería ameritar más que respeto y punto.
Pero, varios que nunca sintieron el tronar de las botas sobre las veredas y algunos otros que supieron lustrarlas, han descargado sobre Juan Raúl toda su ira y odio visceral. Que a no engañarse, más allá de dimes y diretes, es odio de clase en su más pura manifestación. Gente enferma pero la sola posibilidad que desde los sucuchos pueda surgir el próximo presidente de la República. Fieles al doble discurso, llaman a la conciliación cuando se trata de acallar los reclamos obreros pero destilan su más rancio desprecio hacia los «cantegrileros» cuando pueden. Por eso el odio tiene esa virulencia. Porque no responde a ninguna noción racional, sino a la abyección visceral que provoca el supuesto inferior.
Si este despliegue de insanía es un dislate, inverosímil es que algunos «valientes» estén llamando a su madre, Susana Sienra, para molestarla y amenazarla por la actitud de su hijo. ¿Dónde va a parar esto? ¿Hasta dónde están dispuestos a ensuciar la cancha? ¿Cuál es el límite de la cobardía?
Hay parte del Uruguay que sufre de una curiosa esquizofrenia política. Afirma que es ridículo tan siquiera pensar que en el Uruguay se amenace a alguien y luego, en 5 minutos se deduce que un arsenal escondido en una casa es parte de una organización política, sin prueba alguna. Afirma que el Uruguay no puede ser dirigido desde el odio, y lo practica con fervor hacia el que piensa distinto y hacia la madre del que piensa distinto, en una curiosa versión filogenética del fanatismo. Afirma que hay que practicar la humildad y responde con desprecio y fingida sorna ante la pregunta de qué opina sobre el voto de Ferreira Sienra.
Siempre pensé que el Dr. Lacalle era un brillante político y lo sigo pensando. Pero su equipo de campaña parece haber perdido definitivamente el timón de la nave. Continúan generando un clima de odio y ceguera que es extremadamente nocivo para el país. Porque el 30 de noviembre, todos los partidos deben bajar la pelota al piso y pensar en términos de Estado. Pero para ello, no se puede estar a los patadones hasta 5 minutos antes.
Quien asume una conducta pública, sabe que se expone. Sabe que será condenado por los muchos que le achacan errores que cometió y los que no cometió también. Si tiene una visión progresista de la sociedad, sabe que fuerzas muy poderosas estarán en su contra y que muchos micrófonos será completamente sesgados. Son la reglas de juego en una sociedad en la que la democratización del uso de los espacios y medios de comunicación deja aún mucho que desear. Pero amenazas, y encima amenazas dirigidas hacia una madre digna del mayor de los respetos, es un hecho incalificable.
Pero como siempre, tras la anécdota, el fondo subyacente es digno de reflexión. Las acusaciones contra Juan Raúl son por traición al Partido Nacional. Se impone la pregunta: ¿Cuándo una persona, libre, pensante pero comprometida y consustanciada con un colectivo, incurre en traición al mismo? ¿Qué ocurre si el colectivo se traiciona a sí mismo y se enajena de sus mejores tradiciones?¿ Qué ocurre si el colectivo traiciona al militante y lo abandona o lo ataca, sin haberlo escuchado siquiera, sin darle siquiera el derecho a la duda, como ocurriera con Juan Raúl cuando apoyara la Ley de Caducidad? ¿Qué pasa cuando el colectivo ningunea, hace como si la persona no existiera, cuando el colectivo se deshumaniza y pierde su más básica humanidad, encerrándose en el odio o en la apetencia de poder?¿ Quién es el traidor y quién el traicionado?¿Quién tiene estatura moral para tirar la primera piedra?
Porque en esta vida realmente hay estaturas morales, Juan Raúl no acusó a su colectivo de haberlo traicionado. Hizo pública una libre decisión, basada en su convicción de que el wilsonismo está de momento ausente de la línea rectora del Partido Nacional. Puede estar equivocado o tener toda la razón del mundo. Pero es una opinión más que respetable y fundada. Y es impropio no de blancos ni de uruguayos, sino de seres humanos, el que una decisión política llene de improperios a un hombre librepensante y a su propia madre.
Por lo que pueda valer, vaya un fuerte abrazo para Juan Raúl y su madre. Para aquel joven alto y flaco que cobijara en un abrazo las palabras de Wilson. Para el muchacho que cabalgaba los campos de Castillos con mi querido Pelín. Al militante por la democracia y la convergencia de esfuerzos. Para el ser humano, el hombre, que enfrentado al único juicio absolutamente inapelable, el de la propia conciencia, prefirió la paz de los hombres justos. Paz a la que sólo acceden los verdaderos valientes.
|*| Analista y matemático
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