Manual
Ayer hablaba yo del whisky escocés enterrado desde 1909 en la Antártida. Supongo que fue una motivación.
Me serví un poco del mío, más modesto, lo paladeé cuando el hielo hubo bajado, tal cual me enseñó el contador Damiani, y enseguida me sentí estimulado a pensar, lo que a veces puedo hacer con dificultades, acerca de la vida y las cosas.
En mi mente se dibujó un manual. El manual de las equivocaciones o de los errores. Un manual que, con honestidad intelectual, cada uno construyese a partir de las peripecias de su vida.
Ejemplos ha de querer el lector, seguro.
Beber y comer en exceso.
No ceder el paso ni el sitio que se ocupa cada vez que uno se encuentra con una dama, empujarla al subir al ómnibus, pisarle los callos con intención porque baila mal, insultarla al verla conducir mientras habla por celular o virtualmente montarse a su espalda para pagar antes en la caja del supermercado.
Pero, en cambio, babosear, a kilómetros de cualquier módico intento poético, a toda chiquilina que pase a nuestro lado con jeans ajustados, posaderas circulares y tersas y escote generoso.
Calentarse con imbecilidades catedralicias que uno suele enfrentar, como el que cuida coches y es manguero aspirador de polvos blancos, la pinchadura de una goma del auto, la falta de neuronas en una oficina pública, un debate acerca de Carrasco, no hallar taxi un día de lluvia, tropezar con una baldosa floja o esperar en la mutualista para que lo atiendan en Emergencia.
Discutir sin medida de sensatez y mucha agresividad sobre política, religión, televisión, fútbol, Gardel, los inspectores de tránsito o el himno a marcha camión cantado la otra noche en el estadio Centenario.
En fin, puede haber muchas cosas más.
Lo importante va por otro lado. Si todos hiciésemos ese manual y reflexionásemos no para el arrepentimiento sino para el aprendizaje y el crecimiento de la inteligencia y la sensibilidad, ¿verdad que ayudaríamos a construir un mundo mejor?
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