LA DERECHA QUE VIENE

El próximo 29 de noviembre, cuando las urnas confirmen la victoria de la fórmula Mujica­Astori, se iniciará el proceso de transición hacia un nuevo gobierno del Frente Amplio y se abrirá un nuevo tiempo político en el país. Será una etapa muy rica en acontecimientos, que determinará un nuevo mapa político en el Uruguay.

Se consolidará la continuidad del Frente Amplio en el gobierno, se confirmará la línea de conducción y transformaciones, liderada por el presidente más exitoso y reconocido de la historia moderna del Uruguay, Tabaré Vázquez y se ratificará el apoyo ciudadano al programa de gobierno surgido del V Congreso del Frente Amplio, Zelmar Michelini, en diciembre del año pasado. José Mujica como presidente de la República y Danilo Astori como vicepresidente, serán los encargados de liderar un nuevo gobierno nacional que supondrá la continuidad del proyecto político de la izquierda, con una nueva etapa de progreso y transformaciones para el país.

Pero un nuevo triunfo del Frente Amplio y la confirmación de otros 5 años en el gobierno, también tendrá sus consecuencias en las filas de la derecha. Una nueva derrota electoral representará un muy duro golpe para la dirigencia de los partidos tradicionales, y volverá a interpelar, la propuesta y el mensaje tradicional, poniendo sobre la mesa el desafío de la renovación y el cambio, de estructuras y liderazgo.

Se acerca el fin de una etapa y de un modelo de hacer política, tradicional y caudillista, separado de la gente. Pero una nueva derrota de la derecha el próximo 29 de noviembre, representará también un golpe de gracia para uno de los peores vicios de la política tradicional: la política del clientelismo que, antes y después de la dictadura, pautó el accionar de los caudillos blancos y colorados en todo el país.

Vamos a ser testigos de un inevitable cambio político de la derecha uruguaya. Asistiremos a un proceso que tendrá por un lado el definitivo decaimiento del clientelismo y por otro, el retiro obligatorio de los líderes más laureados y representativos del pensamiento y la política de la derecha nacional.

Para muchos de nosotros, que desde la recuperación democrática nos acostumbramos a la invariable presencia de esos interminables liderazgos en ambos partidos tradicionales, pensar que ya no estarán en la primera línea de la política uruguaya de los próximos cinco años, supone un verdadero alivio y un dato muy alentador para el futuro del país.

Ni Lacalle, ni Batlle, ni Sanguinetti volverán a ser candidatos en sus partidos y ya no tendrán demasiada influencia en las decisiones, si es que verdaderamente, los blancos y colorados apuestan a relanzar sus partidos y a reconstituir una propuesta política más moderna y aggiornada.

No sabemos aún si cuando la derecha consiga recomponer su mensaje y su convocatoria hacia la sociedad, lo hará cortando con su pasado como lo hizo en España, o si retomará el mismo camino que ya marcaron sus desgastados liderazgos. Tampoco se sabe cuanto tiempo llevará este proceso, si uno o dos períodos de gobierno y si Pedro Bordaberry será el nuevo abanderado de la derecha colorada y blanca, o si tal vez, el enorme costo político de la incondicional defensa del papel de su padre en el golpe de estado y el advenimiento de la dictadura, provoque la aparición de algún otro liderazgo menos resistido.

Pero lo que sí es cierto, es que la derecha después del 29 de noviembre va a cambiar y será distinta a su expresión política y composición actual. Igualmente, es de suponer que, como ya la vez anterior, blancos y colorados necesiten de un par de años para poder aceptar la realidad de una nueva derrota. La irrealidad puede pautar muchas posturas políticas de la derecha en los próximos meses, desconcertando a todos, como ya lo hicieron durante el presente período.

Pero algunas de las características de la «nueva derecha» ya se han comenzado a delinear en esta campaña electoral. Vamos a tener una derecha con una política y un discurso más irresponsable. Movidos por sus necesidades más inmediatas, muchos de sus diputados o candidatos, van a desarrollar una política más demagógica, para intentar recuperar votos perdidos y cosechar nuevas adhesiones en su realidad local, sin que importen sus consecuencias a nivel nacional.

Tendremos una derecha más populista. Cercenada la posibilidad del clientelismo político y en el afán de recomponer su convocatoria electoral, la derecha empezará a prometer cosas que no se pueden cumplir o que el solo hecho de intentarlo supone graves riesgos para las finanzas públicas. La actual propuesta de campaña de Luis Alberto Lacalle de rebajas impositivas, eliminación del impuesto a la renta de las personas físicas, por un lado, con aumento de jubilaciones y de los recursos asignados a políticas sociales, por otro, sin explicaciones consistentes de cómo se financiarían ambas medidas, son ejemplos representativos de lo que será el perfil de la derecha populista del futuro.

Durante los 20 de años en que gobernaron juntos blancos y colorados, se instaló el «no se puede» como la respuesta política constante a todos los reclamos y propuestas de la oposición y de las organizaciones sociales. Sorpresivamente y sin mediar explicación alguna, en esta campaña electoral, se ha pasado a la declaración del «ahora todo se puede», con el que acompañan sus iniciativas más irresponsables.

El efecto de una segunda victoria del Frente Amplio no sólo traerá consecuencias para el país, su rumbo y la construcción de nuestro futuro, tendrá importantes efectos de cambio al interior de la derecha y de los partidos tradicionales. El Frente Amplio, como fuerza política y nuestro futuro gobierno, tendrá que ser muy cuidadoso y muy responsable, para evitar las provocaciones y las políticas dañinas que provienen desde la desesperación de la derrota. Tendremos que conjugar mucha tranquilidad y cautela, con toda la flexibilidad y apertura posible para ofrecer un diálogo político serio, acerca de las políticas más importantes a aplicar en las áreas neurálgicas del país.

La ciudadanía nos va dar una enorme responsabilidad, gobernar nuevamente el país por cinco años más. A los problemas y desafíos propios de construir el desarrollo de nuestro país, se va a sumar el tener que gobernar con la oposición de los partidos tradicionales cada vez más recostados hacia la derecha y en fase de desesperación.

La victoria de Mujica y de Astori, el próximo 29 de noviembre, es la consolidación de un proyecto nacional de desarrollo que tiene al Frente Amplio en el gobierno como su principal protagonista, tanto en la conducción como en la gestión de los principales objetivos del país. Representará la confirmación del cambio, la continuidad de nuestras reformas, la generación de nuevas transformaciones. Para la derecha será mucho más que una derrota electoral y ellos lo saben.

|*| Senador, Nuevo Espacio FA

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