Un chofer
Durante la lluviosa tarde del martes pasado fui testigo de un comportamiento impecable, absolutamente inusual, de un chofer de Cutcsa. A fin de que la memoria no me traicione lo que puede ocurrir dentro de veinte segundos- diré que el número del coche es el 384, de la línea 180, y la anécdota discurrió durante un viaje alrededor de las cinco de la tarde.
Cuando uno habla de algo absolutamente inusual, y se refiere a un servicio público cuyas normas dan derechos a los usuarios, enfrenta una paradoja. Por una parte, la conducta de los empleados de la empresa de transporte debería ser única, quizás con matices pero sin excepción. Por otra parte, cada día es necesario destacar cuan aislados son los casos de esa conducta, ya que, precisamente por no ser comunes, han devenido algo que, de algún modo, hay que premiar.
La sociedad que hemos creado nos ha llevado a esa paradoja y, por supuesto, no sólo en el transporte. Dicho con sinceridad y realismo, se vive esta cultura de la contradicción, porque también eso es, en todos los ámbitos donde hay un servicio público.
Pero, lector, vamos al caso.
Este hombre, que es joven y aparentemente bien educado, no hizo nada extraordinario; simplemente, a lo largo del viaje mostró hacia los pasajeros, desde la forma de conducir hasta pequeñas cortesías en la subida o bajada del ómnibus, una solidaridad espontánea, transparente, ofrecida a los demás con un talante optimista y, diría yo, hasta con muy buen humor.
Cuando llegué a destino me permití estrecharle la mano. Ante su sorpresa, sólo pude explicarle apresuradamente lo que aquí he descrito con mayor amplitud. Yo no tengo buen carácter, ¿quién no se ha dado cuenta?, pero los buenos ejemplos son contagiosos y me sentí muy bien.
Sin la absurda pretensión de desproporcionar un ejemplo hasta llevarlo a una especie de estandarte, queda claro que mientras rescatemos actitudes como la de este buen servidor público no todo se ha perdido.
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