Asunto viejo
Comparto la idea de que ciertos problemas que hoy conmueven a la opinión pública universal, sumiéndola en la perplejidad, vienen de lejos. Por ejemplo, la cuestión del aporte de los países poderosos para eliminar el hambre que arrasa con las naciones más pobres.
A comienzos del siglo pasado Pavlov descubrió los reflejos condicionados. Debido a que respeto al lector omitiré detallar de qué se trata, pues seguramente lo sabe mejor que yo.
Pero quizás se conozca menos una experiencia de otro académico ruso, el profesor Metalkinov, quien provocó la inmunización de un organismo mediante esos reflejos condicionados. Lo contó Wimpi, un humorista culto: se asociaba una inyección de microbios con el sonido de una trompeta y, tras suficiente repetición, se comprobó que ese sonido había adquirido el poder de aumentar los glóbulos blancos de la sangre. Otro científico, Platonov, utilizó como estímulo sólo la palabra e hizo creer a uno de sus pacientes que bebía agua diciéndole «usted bebe agua», «ha bebido otro vaso» o «usted ya bebió tres vasos», con lo que logró aumentar la diuresis del enfermo.
Es semejante a lo que están haciendo los ciento sesenta y nueve países que integran la FAO. Al final de su reunión en Roma ratificaron el compromiso de erradicar el hambre, pero no previeron nuevos fondos pese a que los hambrientos eran cuatrocientos millones en 1996 y hoy suman más de mil millones. Es que eso de usar los reflejos condicionados podría sacarlos del problema. Ah, sí, ya se le va a ocurrir a cualquiera de los economistas de los ricos.
Entonces volveremos a leer a Wimpi, quien hace más de cincuenta años la veía venir: «Cuando el tipo no pueda comer lo alimentarán según esos sistemas. Tocándole la trompeta para que crea que come milanesas o una tortilla, o diciéndole ‘estás comiendo tallarines’, y hasta ‘¡hay, no comas tantos tallarines, qué cosa!’, no sea que el tipo se empache y deje a otro con la boca abierta».
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