DIARIO DE CAMPAÑA: LOURDES Y EL SILENCIO DE LOS INOCENTES

No conozco a la periodista Lourdes Rodríguez. No tengo ninguna relación con el medio en que trabaja, «La Diaria». Sin embargo, la nota que la referida periodista publicara el pasado 12 de noviembre plantó un mojón en la agenda pública, sobre el que vale la pena reflexionar. Pues llamó explícitamente la atención sobre hechos muy serios, pero, adicionalmente y de manera implícita, sacó a la luz realidades muy profundas de nuestra forma de vivir en sociedad.

Repasemos: el 28 de julio pasado, APU (Asociación de Periodistas Uruguayos) llamó la atención sobre presiones indebidas que se estaría ejerciendo sobre el periodismo por parte de dirigentes políticos, señalando explícitamente actitudes de «galantería» desubicadas hacia mujeres periodistas de parte del equipo de campaña del doctor Lacalle.

Según la nota de Lourdes Rodríguez, el 28 de agosto siguiente, cuando estaba cumpliendo con su trabajo e intentando hacer junto a varios colegas una nota al doctor Lacalle, el referido candidato la habría tomado de la cara y espetado: «Esta gatita es la más linda de todas», para luego continuar con actitudes del estilo, que, según la misma periodista, no son inusuales. Yo no puedo saber si esta denuncia es cierta, y hasta el momento no escuché los descargos de Lacalle, si los hubiere. Y soy de los «demodé» que creen en que hay que escuchar las dos campanas antes de formarse opinión. Sin embargo, la existencia de la denuncia previa de APU y la precisa descripción de la periodista hacen temer que lo denunciado sea cierto. Y digo temer, porque si bien este hecho se inscribiría en la campaña electoral la excede muy largamente. Dejemos de lado absolutamente toda especulación político­partidaria, pues ésto ya habría pasado de castaño a oscuro, ya no es cuestión de fórmulas o emblemas. Estamos hablando ni más ni menos que del rol de la mujer en la sociedad uruguaya y de algunas «taras», que como colectivo todos tenemos, de una verdadera enfermedad social instalada en nuestra comunidad.

Permítame el lector una breve autoreferencia: marcaron fuertemente mi vida dos hermanas, bastante mayores que yo, que me enseñaron, cada una desde su perspectiva, como se ven ciertas actitudes y temas de la vida, desde la sensibilidad femenina. Quizás por ello, jamás pude decir una grosería o molestar a una mujer en la calle o ningún lugar público. Sólo pensar en ponerme pesado con una mujer y exponerla a un hostigamiento indeseado en busca de algún acercamiento sexual o como mero acto de jactancia de la condición de «macho encarador» o de «vivo», me hacía inmediatamente sentirme parte de la manada de imbéciles que se metían con mis hermanas cuando, muy niño, caminaba de la mano de ellas por las calles. Mi rechazo hacia esas actitudes es visceral y radical, me viene de las tripas. Que nada tiene que ver con vivir como un monje benedictino, ni dejar de tener gestos de verdadera galantería con mujeres. Obviamente que no. Pero, además, el doctor Lacalle no es Juan Pérez. Es uno de los ciudadanos más poderosos, con medios, contactos e influencias, nacionales e internacionales, como para intimidar a cualquier trabajador joven. Desde su posición de neta predominancia, si tuvo una expresión abusiva, aún en un ámbito reservado, sería una tremenda injusticia, porque pocos laburantes que tengan que ganar su sustento pueden animarse a mandarlo a pasear. Tercera e imperdonable gaffe en la que habría incurrido.

Pero si además este gesto desubicado, como se denuncia, efectivamente ocurrió en público, se suma a todo lo anterior el escenario público, la ridiculización ante sus colegas, el intento de humillar. Y eso más que una gaffe, sería un acto francamente miserable, más propio de un hombre que cree que hay distintos tipos de ciudadanos con distintos derechos, que de un postulante a Presidente de una República. Suárez y Reyes no es Versailles, ni un gobierno es una corte.

Insisto, esto no es tema de ganar o perder votos. Es tema de reglas, de tripas, sensibilidad y reglas elementales de convivencia. Si el doctor Lacalle hizo lo que se denuncia, una disculpa pública y contundente a la periodista se impone de inmediato. Sino lo cometió, debe dar su versión también de inmediato. No están en juego unos votos más o menos, está en juego la dignidad de la mujer en la sociedad uruguaya; pues uno de los dos ciudadanos más destacados la habría puesto alevosamente en cuestión. Eso no admite demorar ni gre-gre. Esto no es campaña basura. Esto no es la historia novelesca del arsenal. Esto es una denuncia, firmada con nombre y apellido, firmada con dolor y dignidad. Sobre un trato denigrante hacia una mujer y trabajadora. Insisto, no es un hecho menor, pues la visión de los derechos de los ciudadanos y de si somos o no todos iguales ante la ley es un hecho mucho más que político, es civilizatorio.

Sin embargo, hay algo aún mucho más profundo en la nota de Lourdes Rodríguez y que estremece, y es su párrafo final, donde confiesa cierta vergüenza por no haber denunciado antes el agravio del que habría sido objeto. Conmueve y estremece. Y este punto amerita una lectura mucho más profunda. El pastor Emilio Castro, un eminente religioso metodista que el Uruguay le regaló al mundo, solía hablar de la «tentación del hombre bueno»: el tipo que nunca hace nada malo, pero jamás se la juega por nada y mira para el costado cuando ve algo fulero. Este «silencio de los inocentes» es imprescindible para que los mayores males de la sociedad prosperen. Pongamos un ejemplo, que se entiende fácilmente. Para que en cierto ámbito haya corrupción, son imprescindibles unos pocos corruptos. Pero también son indispensables muchos inocentes, que viendo pasar los elefantes al trote , bajen la mirada y se dediquen a observar detenidamente las hormiguitas del piso. Los muchos inocentes que viendo, o teniendo la posibilidad de ver, o de plantearse la duda, o de tratar de averiguar o aportar elementos para hacerlo, optan por flotar como corcho, y mirar para el costado. Estos silenciosos inocentes, según el grado de conocimiento que tengan, serán o no cómplices natos, pero en todos los casos, son factores coadyuvantes para la corrupción. Quien no se levanta y no se pregunta al menos «¿Y aquí que está pasando?» y empieza a revolver para constatar si hay algo impropio o al menos equivocado y digno de ser denunciado donde corresponda, colabora a que las malas prácticas avancen. Claro está, quien se levanta y no respeta el «no te metás», que rige la corchocracia ­régimen en el que flotando y dejándose llevar por la corriente se puede llegar lejos­ muy probablemente, terminará pasándola muy mal. Porque el que se levanta y pregunta molesta, no sólo a los corruptos, molesta y mucho más, a los «silenciosos inocentes» que se verán más nítidamente confrontados con la incómoda conciencia que no desean escuchar.

Puse como ejemplo: la corrupción, porque es el caso más espectacular y simple de comprender, Pero si en lugar de algo tan grueso y dramático como la corrupción, se piensa en cualquier otra conducta impropia, de las que son más probables cruzarse en la vida cotidiana, la mecánica es exactamente la misma.

Lourdes, a quien no conozco, quizás haya demorado en aportar su testimonio. Pero lo que hizo fue algo mayor, muy valiente y muy aleccionador para mujeres y varones. Y es digno de reconocimiento y solidaridad. Puso en evidencia el silencio de los inocentes, que se practica cotidianamente frente a muchas injusticias. Nos confronta a todos nosotros con nuestra pequeñas y cotidianas miserias, con todas las veces que se mira para el costado para no meterse en un lío o se practica el autoengaño para no enfrentar crudas realidades. Nos confronta a todos con el hecho abrumador de que sin miles que practiquen la corchocracia y la indiferencia, ciertas inconductas no son viables.

Esta nota está escrita desde las tripas, desde el alma, desde lo más profundo de mi ser. Por mis hermanas, por mis hijas, por mis queridas mujeres que ya no están con nos
otros: sólo quiero decir «nunca más», una trabajadora avergonzada o desconocida en sus derechos públicamente. Y, desde la asunción de que todos somos machistas y que todos tenemos en nuestro interior rémoras de una sociedad y cultura llamadas a perecer, me permito reclamar muy particularmente a todos nosotros, los varones, a ser consecuentemente varoniles y respetar, defender, los derechos de nuestra compañeras, amigas, colegas, hermanas, etc., escapando a la corchocracia y a la tentación del silencio, duela a quien le duela y sea quien sea quien haya que enfrentar. Sólo respetando a cabalidad a las mujeres seremos auténticamente varones. Sólo respetando cabalmente a las mujeres seremos una verdadera comunidad civilizada y no una simple y brutal horda de bárbaros que usa celulares de última generación, pero que sigue considerando a la mujer como una cosa, propiedad o mercancía. Esto no es cuestión de votos y partidos, es lisa y llanamente cuestión de civilización.

|*| Analista y matemático

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