EL FA ESCUCHA

En medio de los avatares de una campaña prolongada, personalizada y últimamente destinada a la descalificación del adversario, el Frente Amplio diseñó una estrategia destinada a jerarquizar contenidos y programas. Esto es lo que se intenta hacer con las jornadas llamadas «El Fa escucha», destinadas a que los candidatos Mujica y Astori se reúnan con un arco de distintos grupos y organizaciones, que le transmiten, en esa instancia, inquietudes, dudas o proyectos.

En este marco se llevó a cabo, el pasado viernes, el encuentro de la fórmula presidencial del Frente Amplio con distintos grupos vinculados a la temática de las mujeres. En esta ocasión, el FA escuchaba a las mujeres, o al menos, a un abanico importante de organizaciones que representan los intereses de las mujeres. Participaron organizaciones vinculadas a las mujeres rurales, al empresariado, las organizaciones sociales nucleadas en la CNS (Comisión Nacional de Seguimiento de los acuerdos internacionales vinculados a la temática de género), las académicas, y representantes del PIT­CNT.

Casi todas las mujeres que intervinieron, coincidieron en una demanda ya clásica, no tan solo de las mujeres, sino de todos los grupos que padecen exclusión: la de superar la situación de invisibilidad pública. En otras palabras, la demanda por reconocimiento; demanda anterior a cualquier reclamo por bienes, servicios o políticas. Los problemas de las personas, por más graves o extendidos que sean, no se transforman en problemas «públicos» hasta que sean reconocidos como tal por aquéllos que deciden. Y para ello, la organización colectiva de quienes los padecen, es indispensable. Sin ello, no se tiene «voz». Y si no tenemos voz, difícilmente alguien pueda escucharnos.

La necesidad de reconocimiento por parte de las mujeres, atravesó el largo espinel de problemas expuestos ante los candidatos Mujica y Astori. Estuvo presente tanto en el discurso de las mujeres rurales (responsables, en buena medida, de estimular el arraigo de una población rural cada vez más escasa, envejecida y masculinizada, pero que difícilmente esté en el corazón de las políticas hacia el medio rural), de las empresarias (que reclaman por una legislación acorde a la situación de los cientos de empresarias mujeres de Pymes, cuyos derechos son inferiores a los de las propias trabajadoras formales, sin que el propio sistema sea demasiado consciente del problema), de las trabajadoras (que denuncian desde siempre la discriminación salarial, y la discriminación en los procesos de toma de decisiones a lo largo y a lo ancho del mundo del trabajo), y de las académicas (que denuncian las formas en que la discriminación de género opera, aún entre las personas de mayor educación relativa).

Y no es para menos; los problemas sociales, cuando se ven desde las mujeres, evidencian sus características más agudas. Y es que las contradicciones de una sociedad, se expresan de forma más extrema, cuanto mayor sea el grado de exclusión del grupo que las padece.

Es por ello que los temas del desempleo, del empleo precario, o de los bajos salarios, se expresan en forma más aguda entre las mujeres. Son problemas que afectan a miles y miles de uruguayos. Pero las mujeres lo padecen en mayor medida. Y lo mismo puede decirse de la pobreza, la desigualdad, la violencia, o la dificultad de acceder a bienes como la salud, la educación, o la vivienda. La pobreza afecta en mayor medida a los niños, que al resto. Y detrás de cada niño pobre, hay una mujer en problemas. La desigualdad afecta a toda la sociedad, pero en las mujeres, la desigualdad se agudiza, porque a la disímil apropiación de la riqueza, se agrega la desigual participación en las decisiones que nos afectan a todos, y que relegan a las mujeres al rol de espectadoras. Los problemas de salud, los padecemos todos, y cuando en una sociedad no hay servicios de salud adecuados para todos, son miles y miles los afectados por ello. Sin embargo, las mujeres son las que más consumen servicios de salud a lo largo de su vida, y especialmente en el ciclo vital vinculado a la reproducción. Así, cuando los sistemas de salud colapsan, las que más sufren son las mujeres. Los problemas de la educación, nos afectan a todos, pero cuando la educación media no consigue retener a los estudiantes, son las mujeres las que enfrentan el problema de la convivencia con jóvenes que no estudian ni trabajan, y las que desesperan cuando sus hijos entran en el letargo depresivo de una vida a la que no le ven futuro.

Ser conscientes, sin embargo, de que las contradicciones y problemas de una sociedad se expresan en forma más aguda en sus miembros más débiles, no es la regla. Y no es una perspectiva que surja «naturalmente». En parte, por el hecho de que la inmensa mayoría de los «decisores», a todos los niveles (político, empresarial, sindical, profesional), son hombres.

Así, difícilmente se tenga en cuenta, al legislar o impulsar una política ­a menos que se incorporen mujeres a ello­, el impacto de nuestras iniciativas sobre la condición de las mujeres. Y es por ello por lo que debe escucharse a las mujeres. Aunque lo que digan unas y otras no sea idéntico (no tiene porqué serlo), y a despecho de que escuchemos una y otra vez: «¡Otra vez con los temas de género!».

Las mujeres plantearon viejos y nuevos temas. Algunos fueron más abstractos y generales, como la demanda por la paridad en las responsabilidades políticas, administrativas, económicas y ejecutivas entre hombres y mujeres. Otros, fueron más específicos, como los temas de caminería en el medio rural, o la necesidad de redefinir criterios para que los titulares de las pequeñas empresas no pierdan derechos si incorporan un trabajador más a su plantilla.

También hubo temas más o menos consensuales, como la necesidad de continuar luchando y denunciando la violencia de género en todas sus manifestaciones. Otros, fueron más controversiales, como la demanda por mayor participación de las mujeres en política, y la necesidad de disponer de instrumentos destinados a tal fin (como la ley de cuotas). Algunos fueron compromisos asumidos por el Frente Amplio, que las mujeres vienen ahora a reclamar para una próxima legislatura, como la ley de salud sexual y reproductiva. Pero tampoco faltaron los reconocimientos a las cosas que se hicieron, y a demandas que sólo fueron atendidas cuando el Frente Amplio fue gobierno: como la incorporación de mujeres en el gabinete, la puesta en marcha del Plan de Igualdad de Oportunidades a nivel nacional, la formalización y regularización del trabajo doméstico, las políticas de combate a la pobreza con transferencia de ingresos a las jefas mujeres de los hogares, o la legislación que reconoce el acoso sexual como un delito.

En esta ocasión, la fórmula no habló. Sólo escuchó. Y no está mal. Deberíamos ejercitarnos más en el arte ya no de ejercer la voluntad del soberano sino el de reconocer la voz del soberano, donde quiera que esté. Hasta entre las mujeres.

|*| Politóloga. Universidad  de la República

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