Qué cintura
Hay personas que van por la calle, quizás rumbo a una conferencia o a una asamblea. Por encima vuelan unas palomas que les cagan sus prolijos trajes. Increíblemente, no se molestan demasiado. Se sacuden la mierda como pueden y llegan a destino con el convencimiento de que no ha pasado nada.
¡Qué cintura, macho! Como para hacer la gala de la plaza de toros.
He descubierto entre los blancos esa rara habilidad o indiferencia, si es que de un modo o del otro puede llamarse a semejante actitud. Aunque un desgraciado arte publicitario puso a su partido al borde de la hecatombe, los candidatos, siempre sonrientes, como Gardel para aquella foto de Silva, parecieron capaces de aislarse en una burbuja y, desde allí, insistir en el debate de ideas, programas y acuerdos eventuales con sus adversarios para el balotaje.
Pruebas al canto, Larrañaga, con anuencia de Lacalle, llamó a Mujica y le dijo, palabra más, palabra menos: ¿Cómo andás, Pepe? Che, sería bueno debatir para bajar la pelota y mejorar el clima de la campaña. ¿Qué te parece?
Ya todo el mundo sabe qué le parece a Mujica.
Mientras tanto, en las mismísimas huestes del guapo sanducero ardía el fuego de la rebelión. Eber Da Rosa, uno de sus hombres de confianza, a quien siguieron otros dirigentes y la propia agencia de publicidad oficial, criticó, con urbanidad pero firmeza, la tonta e inútil campaña de los avisos informativos basados en el caso Feldman. De inmediato, algunos herreristas siempre listos aunque un poco anémicos, intentaron ya no una defensa sino, más bien, la lívida estrategia de excusas que se pueden imaginar en una feria vecinal: No es para tanto, qué sé yo, se agrandó, ¿viste? Hay que seguir conversando ¿no? Tenemos que arreglar las cosas. ¿Qué les parece, eh?
Por favor… ¡¿en qué quedamos?!
Tengo la impresión, aunque apenas es eso y no una certeza, de que cierta arrogancia de un momento fue devorada por el error y dejó una desesperanza de huerfanitos.
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