LACALLE Y EL JUEGO DEL TODO O NADA

En esta campaña electoral hemos vivido algunos episodios que, a primera vista, para muchos uruguayos no poseen explicación, resultan prácticamente inconcebibles. Sin embargo, una vez superado el estupor inicial, con el paso de los días les podemos ir encontrando algún sentido lógico. El conjunto de falsas acusaciones que hemos sufrido y soportado durante los últimos días, junto a la búsqueda desesperada de vincular al Cr. Feldman y su depósito de armas con el Frente Amplio y con el Pepe Mujica, han absorbido todas las energías de la derecha en este último tramo de campaña.

Aunque esta estrategia nacionalista corre el riesgo de provocar un efecto «boomerang», espantando los propios votos del Dr. Lacalle, y genera la ruptura de los puentes de diálogo necesarios para futuras negociaciones con el Frente Amplio, aún así, pese a la locura, encierra una racionalidad electoral.

Una explicación muy simple y poco equilibrada. En el entorno de dirigentes y de asesores cercanos a Lacalle, hay quienes están convencidos de que hay que intentar o inventar algo, algo realmente grande y fuerte que, aunque signifique un gran riesgo, su impacto pueda alterar las tendencias dibujadas por las encuestas de opinión acerca de la intención de voto, camino al 29 de noviembre. Piensan que si aciertan, si dan en el clavo y logran generar un episodio que golpee fuertemente sobre la opinión pública y provoque importantes consecuencias políticas, podrían empezar a modificar la intención electoral de los uruguayos.

El riesgo que conlleva ese enfoque extremo es muy grande y las consecuencias pueden ser muy malas para todos, pero el razonamiento de los extremistas que rodean al candidato nacionalista sostiene que de lo contrario, la suerte está echada, la elección ya está perdida y, por tanto, vale la pena ir por el todo o nada. Se trata de una racionalidad negativa y que si no repara en criterios de verdad elementales, constituye un recurso de absoluta irresponsabilidad que provoca efectos sumamente dañinos para el clima político, para las relaciones políticas y para la política en sí misma.

Pero también se parte de una premisa falsa. Pensar que existe un movimiento único y desesperado, capaz de poder cambiar el curso de la opinión de los uruguayos y de los acontecimientos, en tan sólo un par de semanas, es una fantasía. Es una teoría originada por la desesperación y, por tanto, muy poco reflexiva y recomendable. La táctica del «manotazo de ahogado» o del «todo o nada» siempre ha resultado mal y ha demostrado ser una práctica destructiva que no tiene lugar en la política uruguaya. No sirve. Sólo aporta agresividad, violencia, daños y perjuicios para nuestra democracia, para la credibilidad de los partidos, en fin, para todos.

Hoy parece que todo esto muy poco les importa. De seguir con esta línea de acción, completamente incongruente con la promesa de propuestas y de diálogo que el candidato nacionalista proclamó una y otra vez, lo esperable es que tengamos que atravesar más momentos penosos, como los que ya marcaron la publicidad televisiva basura con la que le tomaron el pelo a nuestros ciudadanos del interior del país y la artificial y patética interpelación a los responsables de Interior y Defensa, realizadas por el Partido Nacional.

Pero hay dirigentes blancos que se preguntan: ¿Y si no es esto, qué nos queda? Bueno, quedan cosas muy importantes. Queda asumir la realidad y hacer política con altura. Queda pensar en la política como un bien colectivo a cuidar y en la tranquilidad y confianza de los uruguayos como un capital nacional inviolable. Queda entender los límites de la política y no ceder a la tentación infantil de pervertir la competencia electoral con mentiras y falsedades. Queda preservar el respeto, la capacidad de diálogo y sobre todo el valor de la responsabilidad política como elemento central en la vida de los partidos uruguayos. Queda bancar y apechugar, si es inminente la derrota, como hicimos en la izquierda durante muchas elecciones, con nobleza, sin enchastres ni suciedades, elevando la mira hacia el próximo desafío.

Porque la realidad manda. En las elecciones del 25 de octubre pasado, el Partido Nacional quedó 20 puntos porcentuales por detrás del Frente Amplio. El Frente Amplio superó el 48% de apoyo electoral y obtuvo la mayoría parlamentaria en ambas cámaras. Sólo con mantener ese nivel de adhesión electoral, el Frente Amplio va a ganar el 29 de noviembre. La posibilidad de la fórmula del Partido Nacional es una chance matemática, no representa una opción política. ¿Qué razones tendrían los uruguayos que ya votaron al Frente Amplio el 25 de octubre pasado para no volver hacerlo unas semanas después?

En la realidad, no hay ninguna. En otras partes del mundo, con este mismo panorama político y electoral, el partido que va detrás admite la situación y para facilitar las mejores condiciones para arribar a acuerdos se retira de la contienda. No esperamos ese gesto ni esa decisión, es más, nos parece que corresponde y es saludable que el compromiso electoral del 29 próximo sea cumplido y que sean las urnas las que resuelvan la elección.

Pero una cosa es cumplir con el compromiso electoral y otra muy distinta es negar la realidad y violentarla, pretender cambiarla a prepo, mediante montajes mentirosos, con acusaciones falsas, sin fundamentos, sin pruebas, sin nada. Por que sí, porque es lo que queda y qué me importa. Lacalle, con Jorge Batlle como aliado, está jugando ese triste papel. Un ejemplo paupérrimo y lamentable, cuyos responsables son, ni más ni menos, que dos ex presidentes de la República y uno de ellos, actual candidato a la presidencia.

Cuanta indignidad, qué desprestigio, una verdadera vergüenza nacional. El principal daño generado es el que afecta al país y a sus propios partidos políticos. No es ni va a ser fácil, después de todo esto, dialogar sobre los principales temas nacionales, con tranquilidad y apertura, como si nada hubiera pasado.

Afortunadamente, en la izquierda, que durante mucho tiempo jugó el rol de oposición y que hoy se apresta a culminar su primer período en el gobierno, hay lecciones y asignaturas históricas que tenemos muy bien aprendidas. No vamos a cejar un ápice en nuestro esfuerzo por consolidar en Uruguay un camino cierto y confiable de desarrollo y equidad, no nos vamos a dejar llevar por extremismos ni provocaciones, el objetivo de construir un gran país no admite juegos irresponsables, ni arrebatos, ni desesperaciones infantiles.

Estamos notoriamente en otro camino y en otra actitud, que exige actuar constructivamente para ganar las elecciones, que propone dialogar para acordar y emprender políticas de Estado, convencidos de que vamos a gobernar con capacidad, con solvencia y con un proyecto sólido, que es el progreso del Uruguay y el bienestar de nuestra gente. Y para afirmarlo, la responsabilidad, la confianza en el país, la tranquilidad de los uruguayos y el futuro no tienen precio, no se juegan, ni se ponen en riego por un puñado de votos.

|*| Senador, Nuevo Espacio FA

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