LACALLE, MARADONA Y LA MANO DE DIOS
La verdad que el domingo 25 tuvimos una noche de locos. Rara y bipolar. Propia de la creatividad del Cuarteto de Nos. Quienes obtuvimos un triunfo histórico estábamos cabizbajos; quienes sufrieron la derrota electoral más severa festejaron con lágrimas en los ojos el pasaje al balotaje; los que se presentaron como la opción equidistante a las disputas de los dos partidos mayoritarios se alegraron por lograr dos diputados y los colorados, recién retornados al hogar, tiraron la renovación por la ventana cantando con fervor el himno partidario en primera plana con la cúpula de siempre.
Confieso que nuestras caras largas tuvieron más que ver con el dolor político y la impotencia humana provocada porque el voto rosado no alcanzó la mayoría necesaria para anular la Ley de Caducidad. Los dirigentes políticos debemos ser los primeros en asumir la responsabilidad de este nuevo fracaso y comprometernos a jerarquizar el análisis de nuevas alternativas para deshacernos definitivamente de la inmoralidad y los efectos sociológicamente degradantes que implican la vigencia de esta ley de impunidad. No ahora, ni insistiendo en la anulación, que ya fue plebiscitada.
Pero aun siendo un domingo de locos, en los discursos y símbolos utilizados esa noche los candidatos dieron señales claras e indubitables sobre los rumbos políticos establecidos.
El último domingo de noviembre la elección será entre quienes opten por formar parte de un proyecto nacional integrador a largo plazo, liderado por el Frente Amplio, y los que prefieran volver al pasado que representa Luis Alberto Lacalle Herrera.
Comparto con ustedes algunos ejemplos que sostienen mi visión sobre el escenario político creado.
Cual retazo de los cielos, de los cielos…
Sabemos que todo intento de adueñarse y sectorizar los símbolos patrios encubre el mandato de excluir al diferente. Apelando a la patria se pretende instalar falsas dicotomías que terminan coartando la libertad esencial de los ciudadanos constituidos en pueblo soberano. Seducidos por la neo tecnocracia política del marketing, la noche del domingo Lacalle y sus asesores montaron una escena donde, a fuerza de repartir banderitas celestes y blancas, quisieron trasmitir la idea de que en el país hay una guerra entre dos tipos de ciudadanos: los verdaderos patriotas y los apátridos frenteamplistas. Lacalle, en su afán de pegar primero, se presentó como el líder de los patriotas orientales. Como estoy harto de la falta de rigor y el pseudoprofesionalismo de algunos marketineros, les recuerdo que la bandera uruguaya tiene un sol con rayos y cara. El publicista que les diseñó esa bandera oriental donde se sustituye el sol por un anónimo círculo amarillo, será muy creativo y tendrá glamur, pero denota que faltaba muy seguido a la escuela. Como me enseñó la maestra, el sol del pabellón nacional tiene 16 rayos (8 llamas de fuego y 8 puntas de lanza) que representan un homenaje al fragor de la lucha de la revolución oriental. El sol, en su conjunto, con rostro sonriente incluido, que se repite en el escudo, representa la unidad nacional y la alegría por la reconciliación. No quisiera pensar que esto es un acto fallido de olvidarse justo de aquellos símbolos unitarios que sintetizan la identidad de un país que se proyecta al futuro con alegría pero sin olvidar su pasado. Pasado del cual tanto blancos como colorados han sido relevantes protagonistas. Los símbolos patrios no tienen dueño.
En este contexto se está cultivando el curioso arte de ofender por afirmaciones que nunca se realizaron. Interpretar que como los frenteamplistas sentimos tener autoridad moral para levantar los símbolos artiguistas es sostener que los blancos no la tienen, implica trasladarnos a una visión excluyente, que no tenemos. Salvo que se quiera forzar una interpretación para jugar en el equipo de las víctimas.
Descarto la hipótesis de la falta de información correcta porque sería confirmar que tropiezan dos veces con la misma piedra, como cuando dieron por cierta una información extraída de una página de humor.
El gallito Luis
Aun ilusionado con que el Frente Amplio no alcance la mayoría parlamentaria, Lacalle fue enfático en su discurso hacia los votantes de todos los partidos. Les dijo que cuando votasen en el balotaje obviaran todas esas pequeñeces de los partidos políticos, las ideologías, el contraste de gestiones de gobierno y de los modelos de país. Nada de pensar en esas pavadas, ni siquiera en fórmulas. La elección que se viene es una pugna personal vacía de contenidos, donde tal como se hace en selección de personal, la ciudadanía sólo debe decidir cuál de los dos candidatos posee las mejores «competencias laborales» para ejercer el rol de presidente del Uruguay. Insistió en ejemplificar que un presidente debe tener el temple necesario para atender y resolver una consulta que implica un secreto de Estado, aún cuando lo llamen por teléfono a las cuatro de la mañana.
El país no es una multinacional, los votantes uruguayos no son accionistas en busca de un gerente general ni los candidatos son personas que aspiran mejorar su carrera laboral. No banalicemos la política justo ahora que la ciudadanía acaba de renovar su confianza institucional y su esperanza en la labor de los políticos.
El elegido y la mano de Dios
En el mundial de 1986 Maradona, jugando contra Inglaterra por los cuartos de final antes de anotar el golazo del siglo eludiendo hasta los banderines del córner, hizo un gol con la mano que el juez validó. Eso le permitió a Argentina ganar 2 a 1 y pasar a semifinales del campeonato, el cual ganó. Curiosamente, la gente, y en especial los argentinos, recuerdan más su gol con el puño izquierdo, al que bautizaron «la mano de Dios», que el de la genialidad. Quienes vimos el partido por TV, al ver que la pelota entraba al arco, nos quedamos suspendidos en el éter esperando saber qué indicaba el árbitro. Maradona, con todo el barrio encima, corrió a gritarle el gol directamente en la cara al juez de línea y la cámara lo siguió. Fueron interminables segundos de suspenso. Nadie esperaba ver la mano de Dios ni al Espíritu Santo. Buscábamos la indicación del brazo del árbitro y recién cuando la cámara mostró que señalaba el medio de la cancha gritamos el gol asombrados. Maradona admitió que lo hizo con la mano y nunca metió a Dios en el medio. El pueblo argentino así lo bautizó con sobrados motivos para hacerlo.
Maradona, con el instinto de la villa y con su fe no institucionalizada a cuestas, en el acierto o en el error, siempre desafió a los poderosos y protegió a los débiles. A Dios sólo le ha expresado puro agradecimiento por lo vivido, lo bueno y lo malo. A diferencia de Lacalle nunca le cobró cuentas por los momentos duros que le tocó sufrir. La noche del domingo, con sentida emoción, el candidato blanco rompió en llanto y dio certeza de haber llegado al balotaje gracias a la intervención de la divina Providencia. Luego, al explicar sus dichos, fue más lejos aún. Señaló que sólo quiso decir que los obstáculos que tuvo que superar fueron la forma que eligió la Providencia para poner a prueba su fe y su valentía. Respetamos la fe y las creencias filosóficas y religiosas de todos los individuos del planeta. En los hechos y en las leyes que propusimos y aprobamos y no sólo en los discursos No en vano tenemos el orgullo de contar con JP Terra, integrante del PDC y uno de los primeros luchadores sistemáticos contra la pobreza rural, como cofundador de esta hermosa colcha de retazos que es el Frente Amplio. Lo que nos parece peligroso es el convencimiento que tiene Lacalle de ser el elegido y la sutil sugerencia relativa de que Dios dedica casi todo su tiempo en pensar cómo ungirlo presidente.
Piruetas de último momento
Apenas confirmado que el Frente Amplio, en un hecho histórico sin precedentes, volvía a alcanzar la mayoría parlamentaria, Lacalle, sin pudor alguno, viró su discurso
y la estrategia electoral. Algunos ejemplos:
Los argumentos por los cuales se legislaron requisitos tan altos para ganar en primera vuelta son los mismos que utilizó Lacalle para apoyar la candidatura de Jorge Batlle. Convencidos de que el Frente Amplio nunca lograría el 50% de los votos y perpetuarse en el poder, los partidos tradicionales se coaligaron para asegurarse gobernabilidad con mayoría parlamentaria e independientemente de que el presidente electo resultase ser blanco o colorado. Hoy, Lacalle dice todo lo contrario. Más allá de la voluntad del soberano, nos espeta sin tapujos que sólo se logrará el «equilibrio» nacional si el Ejecutivo está en manos de un partido que no tenga mayorías parlamentarias. Increíble. Hasta el más desinformado sabe que en nuestra institucionalidad se está más lejos del equilibrio que del bloqueo. Un país siempre necesita marchar en un sentido claro y definido, porque la vida de la gente no resiste el estancamiento.
Después de insistir durante horas con la cantinela de que en el balotaje se elige sólo entre dos personas, ahora nos quiere convencer de la importancia que tendrán el vicepresidente y los ministros de gobierno en la gestión ejecutiva y parlamentaria del próximo ejercicio. Albricias, ¡lo convencimos!
Hace quince días, cuando en el Palacio Legislativo propusimos acordar políticas de estado sobre cuatro temas estratégicos del desarrollo nacional (educación, seguridad, matriz energética y medio ambiente), subrayando que lo hacíamos antes de las elecciones para que no quedase ninguna duda sobre el compromiso asumido, la formula blanca nos trató de mentirosos y oportunistas. Hoy, a la luz de la derrota, Lacalle no sólo está de acuerdo con los acuerdos, sino que además agrega dos temas en los que tenemos visiones claramente contrapuestas (Política Exterior y Trabajo) y además se auto atribuye haber sido el primero en hablar de un gran pacto nacional. Otra vuelta y ya van…
Durante los últimos cuatro años Lacalle criticó sin pausa nuestro relacionamiento con el Mercosur. Dijo que la integración regional era un mero acuerdo comercial que además de no funcionar en sus cometidos específicos, se estaba distorsionando con la creación de un parlamento común y con la concreción de acuerdos políticos y socioculturales. Insistió en que habría que revisar nuestro estatuto y evaluar la posibilidad de pasar a ser miembro asociado siguiendo el ejemplo de Chile. Ahora que hay que ser amplio para juntar votos, le dice a los medios que quiere más y mejor Mercosur y les recuerda que él fue «el padre de la criatura». Qué lejos de la modestia y la actitud republicana demostrada por Tabaré en la inauguración del aeropuerto y del nuevo muelle portuario de cargas, cuando con gratitud reconoció explícitamente la contribución a las obras de todos los ex presidentes.
Con estos argumentos aspiro a responder a un dilema relevante y fundamentado que planteó Danilo en su discurso del domingo. El compañero Astori dijo que en el balotaje, además de plebiscitarse dos modelos de país y dos gestiones de gobierno, la población tendría la opción de elegir entre el proyecto de desarrollo nacional progresista del Frente Amplio y un proyecto de país indefinido y conservador representado por Lacalle.
La concepción de Lacalle es la última expresión del caudillismo criollo y unipersonal. Su discurso, sus propuestas y la utilización de símbolos se corresponden exactamente con las cuatro características centrales del caudillismo latinoamericano: exacerbación del falso patriotismo, manifiesta y deliberada indefinición ideológica, oportunismo y transformismo político para establecer sintonías efímeras con las necesidades de la gente.
Quizás por esto la noche de las elecciones ni siquiera Bordaberry aceptó la invitación de Lacalle para fundirse en un abrazo mediático de pacto blanquicolorado. Se lo dijo bien claro: «Te voto pero no voy contigo a ningún lado».
El proyecto de desarrollo nacional frenteamplista está y seguirá estando abierto para el aporte y la participación de todos. Porque el cambio cultural que significa transformar a Uruguay en un país de primera no admite exclusiones de ningún tipo. Nos voten o no nos voten, respetaremos la soberanía popular y continuaremos haciendo propuestas integradoras y cohesivas. Hay lugar para todos en el país del futuro.
|*| Diputado de Asamblea Uruguay
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