La metió
Ruedita se molestó conmigo. Protestó porque él no es como yo lo retrato. Puede ser. Siempre es posible que el otro tenga razón.
Pero este caso, investigado a conciencia, se debió a una infeliz circunstancia: a Ruedita se le enterró un clavo en el dedo gordo del pie derecho, que lleva al aire, saludando por el agujero del mocasín. Se le infectó. Le dieron antibióticos y le prohibieron el alcohol por tres días. A la media hora empezó a sufrir el síndrome de abstinencia. Fue entonces que se la agarró con un servidor.
La cuestión fue cómo se superó el entuerto, porque superado está. Primero, Epifanio, que siempre se mete en casos así porque fue monaguillo, le ofreció cien pesos para jugar a la quiniela y repartir la ganancia. Apostaron a mi edad. Claro, no sabían que ese número está más apartado que el 03. Por fortuna, enseguida le levantaron la veda a Ruedita y le volvió el alma al cuerpo.
Ayer apareció a las ocho y media de la mañana. Venía del circuito donde había votado y quería chupar a lo bestia.
Reía y temblaba. Se abalanzó sobre el mostrador y le gritó al Chiquito:
-¡Dame ‘na doble e’ caña con butifarra!
-¿Querés cuartear la última neurona? le dijo el patrón.
Ruedita le dio tal besucón al vaso que se le vio el fondo cristalino.
Bueno, es un decir, porque los vasos del Chiquito siempre conservan pelusa, migas y alguna mosca abombada.
-¡Pude, loco, pude! exclamó Ruedita, eufórico.
-¿Pudiste, qué? preguntó el Negro Collazo, que aún no había votado porque el Facha Ruiz lo convenció de que los indecisos eran más felices.
-¡Meterla! contestó Ruedita.
-¡Al fin! saltó socarronamente el Flaco Petrulo.
-¿Agarraste alguna vieja sorda agachada en el piletón?
Ruedita lo miró indignado: ¡No, boludo! ¡E’ la primera vé’ que pongo ‘l voto en la tumba sin errarl’agujero, d’un saque!
-¡Urna, prehomínido!
-Se’gual ¡Quié’me saca’l orguyo si ganamo’ porque yo la metí limpita! ¡Iba’ veint’año’ votando’servao por arrugá’se sobre ‘e mierda!
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