CELEBRACIONES POS MARADONA

La cálida quietud de la tarde en la bahía contrastaba con el hormigueo humano de la vieja terminal portuaria que el jueves vio rebasada su limitada infraestructura. Un plus de ansiedad parecía ganarnos a todos los peregrinos VIP que salidos del catamarán, quedamos pendientes del culto fordista de la cinta transportadora. No importó que el cerro se fuera engullendo al sol, ni que gracias a esa fagocitosis el mar obsequiara una paleta aureática tan irrepetible como los grandes acontecimientos históricos. La meta era la salida, donde nada natural importaba sino la humana promesa de una ciudad portadora de significados, claves, encuentros y cifras.

Pero no era tan fácil salir. Faltaban colas zigzagueantes, tecnologías panópticas y exhibiciones procaces. Los rayos X escaneaban en busca de vaya a saber qué tesoro oculto con la ceguera tecnofílica del que no distingue papeletas ni sus colores. Los rayos X no ven ni el rojo, ni el azul, ni el blanco. Ni sus combinaciones como el rosado, por ejemplo, tan evidente en la historia no sólo del arte. Ni ningún color aunque sea difícil concebir futuro alguno desde el punto de vista cromático o político sin estas referencias desde aquella primera república de 1794. Esas máquinas sólo ven bultos y tramas. Tampoco distinguen si son tres, dos o una las fetas de celulosa ensobradas dentro del equipaje. Pasados los retenes reales o simbólicos, alegóricos de una entrada a templos del festejo popular como pueden ser el Centenario o la Bombonera, los taxis nos acarreaban como en carretillas de una obra presurosa.

Si ya había planificado desembarcar en estas playas para estas vísperas, la lectura de una contratapa de Constanza Moreira de hace poco más de un mes, titulada «La política como celebración» multiplicó aquel deseo. No por a votar, ya que no soy ciudadano uruguayo, sino a «festejar (no más que) el hecho de estar juntos», como define la autora a la política. Una forma celebratoria que aún disparándose en facebook, celulares o cadenas de mails, o más orgánicamente estructurada, se desvirtualiza finalmente, arraigando en el territorio concreto de los cuerpos y los espacios. Se despliega como enredadera humana hasta hacer de 18 de Julio o la rambla, estrechos senderitos de ardua circulación. Dirá el lector con razón que llegué tarde. Es que los miércoles dicto el teórico en la facultad y sólo la alegría del registro fotográfico de los diarios del jueves logró compensar la pena por esa ausencia.

Pero si ya toda agregación movilizadora, toda apropiación expresiva del espacio público, lleva consigo un potencial celebratorio, la circunstancia electoral le aporta su condimento festivo en el acortamiento de las distancias en sus múltiples niveles. Entre dirigentes y dirigidos, entre oradores y público, entre simpatizantes y protagonistas. Momento en que los matices van quedando de lado en pos de la concentración de fuerzas de toda desembocadura unitaria: física y política. En una analogía futbolística es el momento en que jugadores e hinchada se realimentan mutuamente ante la posibilidad creciente del gol.

Pero a diferencia del fútbol, la movilización y la tonicidad cívica no están de moda en un mundo cada vez más determinado por la soledad en multitud y el interés privado. Vine por tanto, en este caso, a festejar. Por partida triple. A participar, hasta donde activamente puedo hacerlo, de una fiesta popular, como pocas en el mundo, donde casi medio país participa de mucho más que colocar un sobre. A caminar Montevideo y hablar con la gente, a acompañar a los amigos a emitir sus votos, a respirar oxígeno cívico. A palpitar una triple posibilidad de inflexión en la historia.

No es que no haya festejado en otros momentos de mi vida con nutrientes colectivas y populares, pero fueron más futbolísticas que políticas y por tanto de nula repercusión en la vida concreta e historia de las sociedades. No pude estar en Brasilia en 2002, ni en Montevideo en 2004 y no hubo otras oportunidades celebratorias recientes al sur del ecuador. Sí en 1981, cuando París era una fiesta por razones más colectivas que las del intimismo de Hemingway. No importa aquí someter a balance la justificación ulterior de la alegría, sino su enfatizar su defensa, como querría Benedetti.

Lo curioso es que hasta hace muy poco, mis festejos futbolísticos, casi los únicos de carácter popular, siempre estuvieron vinculados más directa o indirectamente a Maradona. Obviamente en otras épocas, a la precisión de su pie zurdo, a su omnivisión de cada protagonista de la cancha y a sus insuperables sorpresas. Inclusive cuando, ya con una franja amarilla teñida en su pelo, se arrastraba cansino por el campo de juego hasta desaparecer en un entretiempo por el túnel sin decir adiós, para ya nunca retornar.

Sin embargo, su vuelta al mundo del fútbol no resultó indiferente ni vana. Ya sin nada para hacer con su zurda, sumó presencia y aliento a otros nutridos alentadores. Fue un hincha consecuente y oportuno. Sufrió, festejó y criticó. Transfirió algo de su mística a la tribuna que se vigorizó aún más aportando energía a los jugadores. Cada vez que lo veíamos aparecer en su palco bostero, cada vez que reclamaba con furia crítica mejor juego, mayor eficacia y belleza, al menos algunos sentíamos que, a pesar de sus caprichos, desbordes y enemistades repentinas, aún tenía algo para dar. Precisamente aliento y colaboración festiva. Nada despreciable. Es bueno llenar los actos cuando se milita y es bueno llenar la cancha cuando se es hincha.

Pero Maradona quiso ir por más, dirigiendo piernas y botines ajenos, hasta exaltar recientemente toda su impotencia mediante la importación para su discurso de la peor resaca ideológica tribunera: la del culto a la ilegitimidad consumada y la de una sexualidad del sometimiento. Su «selección», a pesar de contar con los más cotizados exponentes del fútbol internacional, fue un ejemplo de inconsistencia e incapacidad colectiva. Que me alegre o alivie el pasaje a Sudáfrica no me llama a celebración alguna, a diferencia del momento político uruguayo al que referí y no sólo por la inmensa diferencia sustantiva entre un acontecimiento histórico y un partido de fútbol.

Maradona no viaja a Sudáfrica por «San Palermo» como sostuvo, sino por «San rebote de los tiempos de descuento», tanto en Núñez como prácticamente en el Centenario. Ciertamente que la postergación uruguaya no dependió sólo del azar sino de su propia incapacidad, a pesar de haber merecido posiblemente un triunfo, sobre todo si Lugano comprendiera que una vez lanzado en palomita no son las nalgas la mejor opción de remate, salvo que se quiera matar al golero: de risa.

La prensa deportiva del más amplio espectro no hizo sino someter a la selección de Maradona al mismo examen que Maradona sometía a las selecciones pretéritas y a Boca. Y obtuvo la previsible desaprobación que las pautas examinatorias establecían. Entonces la anticelebración se hizo lugar. El posible erotismo del placer compartido se clausuró en el sadismo del sometimiento. La posible diversidad de gustos y opciones se formateó en el peor machismo tribunero. Es que San Rebote sólo organiza celebraciones privadas, excluyentes y agresivas. No hay nada que compartir. Unos dan, otros reciben.

La celebración uruguaya de hoy no sólo se asienta en la dinámica colectiva que le faltó, tanto como el azar, a su representación futbolística, sino en el carácter histórico e irrevocable de algo más profundo que una estadística deportiva como resulta su futuro político, económico y social. La de corto alcance de Sudáfrica, se resuelve el 18 de noviembre. La de largo alcance de la historia juega hoy el partido decisivo que a cuya celebración asistimos.

|*| Profesor titular e investigador de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano. [email protected]

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