Mi futuro
Ya sé qué haré en mi próxima vida, siempre y cuando no sólo esta idea del eterno retorno sea cierta sino que no haya algún lector deseoso, derecho que jamás le prohibiría, de impedirme cualquier resurrección.
Pero pensemos que todo va a ir bien en esa dirección.
Quiero ser productor qué digo, libretista y guionista, todo de jingles políticos. O, mejor aún, quiero tener mi agencia de publicidad. La campaña preelectoral que acaba de finalizar entre nosotros ha sido para mí, en este sentido, una revelación de esas que duelen si se nos escurren entre los dedos.
Primero, una aclaración de mis intenciones, capitalistas por donde se las mire: me he enterado que tales jingles son muy bien pagos, al punto que más de una agencia, gracias al contrato suscrito con alguno de los partidos políticos en danza, renovó el mobiliario, su gerente cambió de coche o sus directores asociados se fueron de vacaciones a las Islas Vírgenes.
¡Pero, caramba! Vaya si se han ganado tamañas comodidades o placeres con las genialidades que pergeñaron.
Ahora una confesión: cuando comenzó la campaña, fue raro; me fastidiaron al punto de sentir que ultrajaban mi hígado. Luego hice un esfuerzo de comprensión, obviamente con la toalla de la piedad a mano, y se me presentaron más aceptables, por momentos con un ritmo, ¡hombre!, la gracia muy cerca de ellas y, al fin, casi tan explosivas como la noche de las luces.
Hoy debo decir que el fastidio inicial y esa cierta aceptación posterior se fueron al mismísimo carajo. Hice una recopilación de esos jingles y me desternillé de risa, revolcándome en el suelo. ¿Cosa de Satanás?
Habrían recomendado un exorcismo, tal vez, si yo no hubiese advertido y ahí me paró el ataque y agarré la calculadora que cualquier desprecio de la mente humana o cualquier vejación de los oídos se puede aceptar si, al hacer cuentas, el mamarracho perpetrado deja en mi billetera un dinerillo de porte, ¿cómo decirlo?, catedralicio.
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