Escuela
Se me ha ocurrido una idea probablemente absurda, aunque es época favorable para los disparates.
Una escuela de tiempo completo para la formación de ciertos adultos.
Se cursarían cuatro materias aprobadas con un riguroso examen al cabo de cinco años: lenguaje, matemáticas, filosofía y metafísica.
En lenguaje hay que enseñar el uso correcto del idioma español, que se ha ido haciendo inabordable por gran parte del alumnado potencial: armar frases con sujeto, verbo y predicado; diferenciar sustantivo de adjetivo y adverbio; evitar discordancias; desalentar los modismos; y, finalmente, llamarse a silencio, como de tumba, cada vez que sea imposible construir una oración inteligible para un niño de cinco años.
En matemáticas quizás las lecciones sean más sencillas para todos, aunque me asaltan dudas acerca de la buena voluntad de los escolares, porque la idea es extirpar de su entendimiento y de su intención que si bien dos y dos son cuatro, en determinadas circunstancias, «y para beneficio de los más altos intereses nacionales», pueden ser tres, cinco o un sorpresivo porcentaje, según caiga la ocasión.
En filosofía será imprescindible que incorporen sus varias acepciones admisibles: una ciencia que trata de la esencia, propiedades, causas y efectos de las cosas naturales; un conjunto orgánico de ideas y postulados filosóficos que caracterizan a un determinado autor o escuela; o ideas y principios con que una persona define teórica o prácticamente su actitud ante la vida. Se rechazará la acepción en boga, estilo tentempié, retráctil o que puede dar, según el día, giros de 360 grados.
En metafísica no se hablará de los maestros, ¿para qué?, sino del sentido figurado de la ciencia modo de discurrir, pensar o raciocinar con demasiada sutileza en cualquier materia, el que se evitará bajo pena de penitencia en un rincón, sombrero de burro y una patada en el culo para el rebelde.
¿Quiénes serán los alumnos?
Los políticos.
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