EL VOTO QUE EL ALMA PRONUNCIA ¡SABREMOS CUMPLIR!

La importancia de esta elección

El 30 de noviembre de 1983 me desgañité cantando «tiranos temblad» junto a todo el pueblo oriental en aquel inolvidable río de libertad. Con pasión y un atronador Himno Nacional inundamos el Obelisco de democracia, ahogando para siempre el afán militar de perpetuar la dictadura en el poder. En mi corazón la elección del próximo domingo es, junto a aquella gesta, el momento político más trascendente que me ha tocado vivir.

Hoy miro el pasado y veo con orgullo que después de veinticinco años de restauración democrática lo que nos une es la esperanza y el porvenir del país. Se palpa.

Tanto es así, que antes de empezar el partido de Eliminatoria frente a Argentina tanto de la gente en el Estadio como en todo el país retumbó una sola voz: «Sabremos cumplir, sabremos cumplir». Espíritu colectivo que va más allá de un partido de fútbol. Hoy nos une el futuro, la confianza en nosotros mismos y el deseo de dejar atrás la añoranza del Uruguay «tacita de plata», para animarnos a ir a más: anhelamos transformar la Banda Oriental en un país de primera que se juega por lo que quiere.

 

Los sonidos del silencio: la veda

La veda preelectoral es sabia. Genera el silencio y austeridad necesarios para reflexionar. A los militantes políticos, que igual seguimos trabajando sin pausa, la veda también nos permite tener tiempo para reencontrarnos con la intimidad. Recuperamos la esencia y el sabor del anonimato. Igual que cuando ponemos el voto en la urna. Sin espejo ni testigos. Cada uno solo con su alma, siendo un par entre los iguales y donde todos valemos uno, sin importar los títulos ni las virtudes o miserias personales que hayamos cosechado. Ojalá todos supiéramos darnos más seguido en nuestra vida personal y familiar ese espacio sagrado del reencuentro con lo más profundo de uno mismo y de los que más nos quieren.

 

¿Quién soy?

Desde esa intimidad me tomo el atrevimiento de compartir con ustedes algo de mi vida. Crudos retazos de la sombra que me va a acompañar a votar. Quiero contarles algo del Quique que trasciende al diputado Pintado. Como muchos niños pobres nací en el Pereira Rossell el 26 de enero de 1958, una tardecita calurosa sin milagros. Seguramente los titulares de los diarios de ese día no decían nada relevante, y como dice la canción tampoco hablaron de mí.

Soy hijo natural, y con la vieja en mis primeros doce años, nos mudamos más de quince veces. Recorrimos casi todos los barrios de Montevideo buscando achicar presupuesto, para poder seguir echando de tanto en tanto, un pedazo de carne a la olla.

Me críe a pura pelota de goma y alpargatazos en la vereda, combinados con el reparto de leche o la venta de caramelos en el ómnibus, sin dejar nunca de estudiar. En todos los barrios supe encontrar una maestra, un vecino y amigos que me marcaron el camino.

Ahí aprendí la lección que no se olvida jamás, la que te enseña: o peleas por vos y los tuyos o terminas en una zanja.

A los seis años tuve el bautismo de mi única religión: Peñarol. Vi mi primer clásico ­que era de la tercera división­ en el Parque Central a dos cuadras de donde vivía. Empatamos uno a uno con la cancha repleta.

Tenía recortes de diario con la foto de los equipos y los «cra»: Rocha, Spencer, Abbadie, Joya, el capitán Tito Goncálvez, el «Boniato» Forlán, las atajadas del «Mazurka» y los goles del Lito Silva. Quería jugar como ellos pero era de madera. Me hice eternamente carbonero a pesar de que toda mi familia era de Nacional. De mi viejo me hice amigo ya grande, a medida que nuestros caminos fueron convergiendo. Y quiero muchísimo a Blanca, su compañera, porque tuvo mucho que ver con ese reencuentro.

 

Mis familias, los maestros  y la vida

Soy hijo adoptivo de la ciudad de Las Piedras, donde hice todo el Liceo e integré el gremio estudiantil. Eran tiempos en los que manifestábamos y luchábamos contra todas las injusticias del país y del planeta. Queríamos cambiar el mundo, discutiendo airadamente cuáles eran los caminos que nos conducirían a la sociedad perfecta. Había que estudiar cada uno de los párrafos escritos por los «popes» de la izquierda para tener argumentos iluminados que nos dieran el triunfo en la batalla ideológica final.

Vivian Trías e Isabel Rubbo fueron dos profesores que no olvidaré nunca. Me exigieron, me enseñaron a leer y analizar. Fueron solidarios y arroparon con gran disimulo mis carencias sin hacérmelo saber. En la dictadura no nos detuvimos. Aquellos estudiantes continuamos luchando un año después de entrada la dictadura. El «premio» llegó con comisaría y suspensión por un año incluidas. Con el castigo solo lograron reforzar nuestra convicción de seguir adelante luchando por la justicia social.

Buscamos rendijas de libertad por todos lados, hasta que nos enganchamos con Marcos, Gonzalo, Perico y Eduardo en la revista La Plaza y nos metimos a comentar los recitales de canto popular que organizábamos con la barra.

Esa barra tenía nombre Tarkus, que así se llamaba un disco de Emerson Lake and Palmer, vinilo que escuchamos una y mil veces sin cansarnos en lo de Pepe Veirano.

Nuevos maestros reaparecieron en esas páginas de resistencia plural.

Siempre fui un eterno aprendiz pero afortunado. Muy afortunado y agradecido de lo que la vida me permitió vivir.

Tanto me gustaba la vida, que a pesar de mi esquelético talento literario, escribí un libro de poemas gracias al apoyo de Angel. Allí expresé mis penas y alegrías del amor y de la lucha por la libertad.

Con mis hermanas he vivido cosas distintas y con una de ellas somos muy compinches. Tiene dos hijos hermosos, nena y varón. A pesar de sus diferencias todas ellas tienen una cosa en común: cuando de sus hijos se trata, no importa cómo ni cuántos vengan, pelean como leonas. Tengo una hija hermosa y tierna, que además de estar por recibirse de psicóloga sigue empecinada en enseñarme a ser buen padre.

Aunque me digan lo contrario, sigo creyendo que tengo más amigos de los que merezco porque todos son de fierro y aparecen siempre cuando tienen que estar. Por suerte son de los que te dicen las cosas de frente y no te palmean la espalda cuando la macaneas. Fumo más de lo que es bueno y aunque sé hacer unos guisos de novela, tengo cero en manualidad.

Mi primer trabajo formal fue vender servicios fúnebres casa por casa, ahí aprendí mucho sobre todo lo que es capaz de hacer el ser humano para exorcizar el miedo a la muerte. Hace seis años que alquilo una casa en Capurro a metros de la vía y del glorioso Fénix, que no baja.

Tengo una compañera que milita más que yo, que es la columna vertebral de la familia y que junto a las hijas de ambos alegra mi vida. Las cuatro mosqueteras sostienen mi malhumor y siempre son parte de la reflexión acerca de cualquier decisión que haya que tomar. Tenemos también una perra, la Luli, pura raza perro, por supuesto. Hace once años la vi nacer y a pesar de los años y de ser hija de la Garufa, se esmera en seguir actuando como una cachorra y se pega a nosotros sin hacer ningún honor al nombre de la madre.

 

Sindicato y política

Ingresé a la UJC en el 73 encandilado por Arismendi. El viejo Partido Comunista me enseñó a ser riguroso y sistemático, a leer muchísimo, a escuchar antes de hablar, y a cultivar la solidaridad con mis compañeros.

Participé en plena dictadura de la reorganización de Afcasmu, la FUS y el PIT-CNT. No fue fácil ser responsable de la suerte de miles de compañeros, y estar al frente de muchísimas luchas ganadas y perdidas.

De esta parte de mi vida quedan muchos amigos y más allá de los intensos debates que tuve con distintos compañeros, queda el respeto que les tengo y me tienen casi todos ellos.

Acompañé a Danilo en su patriada de fundar Asamblea Uruguay. Recuerdo con emoción cuando este gran frentista radical prefirió la intemperie de crear un grupo político nuevo a
la confortabilidad de ser siempre elegido como candidato común del Frente. Todo por un sueño: contribuir a la renovación en unidad de la izquierda.

Con Segovia de consejero aprendí a tener la paciencia necesaria para encarar los procesos políticos. Hace quince años que soy diputado por AU y en 2007 tuve el inmenso honor de presidir la Cámara de Diputados.

Intento conocer la realidad para cambiarla en un sentido de izquierda. Me sublevan las injusticias cualquiera sea su tamaño. No me gustan los atajos, soy práctico y sigo apasionándome por los sueños del Uruguay que vendrá. Soy imperfecto y no me quejo.

 

El voto que el alma pronuncia

Con mi sombra a cuestas y orgulloso de mis maestros, el domingo voy a votar con alegría y convicción. Mi historia y mi presente estarán en esas tres hojas de papel. Cuando voto pienso en mi vida, en la de los que quiero y en cómo me gustaría que fuera la realidad para la mayoría de la gente. Repaso cada momento de mi vida y la de mi pueblo, pienso en los que no están y en los que vendrán. Me asaltan las mismas responsabilidades que siento tener frente a los demás. Pero por sobre todas las cosas celebro la fiesta colectiva de la democracia embanderando cada rincón del país, agradeciendo ser un hijo más de este pueblo solidario y con garra. Estoy dispuesto a dar todo lo poquito que tengo por nuestro proyecto de justicia social. Pero por sobre todas las cosas voy a votar feliz de ser oriental. Tan contento como ese niño que al recibir la computadora del plan Ceibal dijo: «Me gusta este país».

Entre nosotros confieso que me gustaría que a la hora de ejercer el derecho al voto, cada uno de ustedes tuviera tiempo de pensar en las sombras y los sueños de su vida antes de poner el futuro de todos en la urna. Sea como sea, ya no tengo dudas: ¡Sabremos cumplir!

|*| Diputado Asamblea Uruguay

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