Instantáneo
-Yo chupo rápido po’que s’acaba’l mundo’n cualquié’ minuto repite Ruedita cada vez que justifica su ansiedad alcohólica.
Epifanio lo convenció de que la grapa con orejones y la caña con zapallo están casi agotadas.
Las cosas triviales se volvieron urgentes cuando se inventó el modo de hacerlas más rápido. Eso decía Wimpi para explicar entonces, hablo de cincuenta años atrás, la velocidad adquirida, ya sin remedio, por ciertas conductas humanas.
Es curioso. Los medios de comunicación debaten acerca de este fenómeno y son, cada día, su presa recurrente.
El dogma es lo instantáneo. Pocos investigan, contrastan fuentes de información o componen un contexto previo. Hay que dar la noticia, suponiendo que la haya, antes que los demás.
Así les fue a las cadenas de la televisión norteamericana con el caso del niño que volaba en un globo con forma de platillo venusino: hubo transmisión en directo y el padre del menor, Richard Heene, autor del engaño, logró su verdadero objetivo: un «reality show» propio. Recién a las cuarenta y ocho horas alguien advirtió que había oquedades en la historia.
Heene fue descubierto. Es un excéntrico ávido de fama, supuesto pariente de seres extraterrestres, y su hijo jamás salió de su cuarto en casa.
Ahora todo el mundo gime, hace actos de contrición y promete que no volverá a pasar. Mentira. Típico y pasajero enojo frente al garrón, la trampa que no se vio.
La tecnología pone en manos de los medios, y no sólo de ellos, cada día, más elementos que permiten, con mayor rapidez, la transmisión de hechos de toda índole. Creamos la civilización del café expreso. Y todo lo que requiera pensar, analizar, reflexionar, detener un minuto la locura, se tira a un costado; no sirve, paraliza al planeta, le hace perder tiempo.
¿Y si Ruedita tiene razón? Nos estamos yendo a la mierda. Así no quedará cabeza que aguante.
Recuerdo a Mafalda y aquel ruego desesperado: «Detengan el mundo, que me quiero bajar».
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