Sigan chupando
No hay vuelta atrás. Fue un desahogo. No tengo que pedir disculpas a nadie.
Con el mentón estirado y la mandíbula contraída y desafiante, esa fue la respuesta de Maradona el imperfecto dios humano que nació de una pelota de fútbol luego de la catarata de exabruptos con que se despachó en Montevideo, tras alcanzar Argentina la clasificación a Sudáfrica.
Este hombre, que fue el más espléndido jugador que yo haya visto, es propenso a los excesos. Engorda fácilmente, ejerce la prepotencia y la furia, si cae en una fiesta coquetea con el estallido, cree que se halla más allá del bien y del mal, predica códigos a los que llama básicos pero que los reinventa cada día, se siente el ombligo del mundo exceso que lleva como garrapata gracias al residuo de una fama cierta y guarda mucho resentimiento pese a sus éxitos y al dinero.
Nunca destinó el menor esfuerzo a leer, a escuchar a quienes pudieron ayudarlo intelectualmente, ni a convencerse de que ya no juega y ahora su papel, público o popular, según se mire, es otro, para el cual, incluso él, debe prepararse.
Y, por favor, ¡no barramos esto bajo la alfombra de la extracción social! En ese sentido resulta didáctico compararlo con Riquelme, convertido, a su pesar, en una suerte de contracara del ídolo insolente.
Se sabe que Riquelme, muy buen futbolista, nunca jugó como Maradona, pero al igual que él, nació precariamente en una villa miseria y supo de todas las necesidades. Hoy, sólo por su serenidad emocional y su poder de observación, es un deportista sin dobleces, devoto de un laconismo inteligente y de conceptos claros que impresionan. No busca a los medios y ha dicho que, si bien los respeta, le incomoda el exhibicionismo y no son una amistad que desee o necesite.
Vaya lección que nos deja esta grosera peripecia, viéndola a través de dos hombres que nacieron para ser muy parecidos y terminaron siendo muy diferentes.
Todo depende de cómo se combina lo innato con lo adquirido.
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