La vigilancia
Preparaos, ciudadanos del mundo, para la muerte de la intimidad a manos de mecánicos hermanos mayores, cuyo ojo alerta discurrirá por recónditos sitios hasta desnudarnos en cuerpo e intenciones, que es decir en osamenta y alma.
Estaremos en exhibición.
Los cuatro millones de cámaras desparramadas por calles de ciudades del Reino Unido sostendrán un sistema de vigilancia inédito, presentado inicialmente como un juego. El operador «Internet Eyes», al que se accederá por la Web 2.0, permitirá ver esas cámaras y quien reconozca en ellas a una persona requerida o buscada podrá denunciarla. A tal punto ha llegado la esquizofrenia que el denunciante, en caso de que su aviso llegue a tiempo, recibirá un puntaje que, a cierta altura, se transformará en un premio todavía indefinido.
¿Cuánto demorará en extenderse esta múltiple vigilancia a los otros países europeos? ¿Cuánto más al resto del mundo?
La seguridad tiene el sonido de un pretexto. Aun aceptando que el sistema contribuya a su reforzamiento, hay límites que no deberían traspasarse. La divulgación de la intimidad ajena, en cuanto se transforma en costumbre y norma, como opina Milan Kundera, nos mete en una época en la que, ante todo, estará en juego la supervivencia del individuo, ya que el pudor es una de las nociones clave de los tiempos modernos que se irá alejando de nosotros.
Kundera, otra vez: «Lo privado y lo público son por esencia dos mundos distintos y el respeto de esa diferencia es la condición para que un hombre pueda vivir en libertad. La cortina que separa esos dos mundos es intocable».
Dijo José Cebrián, calculando el daño no sólo de estas kafkianas contribuciones informáticas a la seguridad: «La red tiene el escalofriante potencial de destruir la intimidad de una forma irrevocable que carece de antecedentes».
Convendría advertir acerca de tales riesgosos excesos, ya que su control es, quizás, el más grande y difícil desafío de nuestra época.
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