LA COLUMNA AMARILLA

Desencuentro

Hay dos hombres importantes. Andan pateando rutas, caminos y calles del país, cada uno con su porte y sus responsabilidades.

Parece que van en igual dirección, aunque son diferentes.

Uno viste con atildamiento contenido y destila una elegancia que no desmerece un torso estrecho, encorvado por unos hombros que quieren adelantarse, ni por un andar poco atractivo ni enérgico. Se peina con prolijidad y paciencia, extiende una sonrisa blanca en las ocasiones propicias y habla muy pausadamente, marcando las eses con el esmero un tanto impostado del que piensa cada palabra, semejante a un predicador o a un actor solo en la escena. Madruga y le aburre enseguida lo que no le importa. Es perspicaz pescador, catedrático calificado, lector selectivo y se ha convertido en un experto del ajedrez político y del arte de mandar. Está claro que avizora, con un optimismo sobre el cual echa velos de puro disimulo, un regreso triunfal al sitio por el que puso tanto empeño.

El otro tiene lo que se llamaría una naturalidad cumplida. Parece pesarle el tiempo, impresión que desmienten unos ojos atentos y pícaros que jamás descansan. Se ríe apenas, como hacia adentro, ladeando la boca, siempre viril, en una extraña y poderosa conjunción con su nariz excesiva y un mentón que se empina, pujante. Habla como un recién venido de tierra adentro. Mezcla palabras y giros gauchescos con frases de cuño filosófico extraídas de su dura peripecia vital. Le duelen las penas ajenas. Por ansioso, confunde un poco, saltando de una cosa a otra en raro equilibrio verbal, sarcástico y astuto. Más que vestirse, se pone prendas encima, a su aire, y anadea, zambo, con la espalda cargada de ideas y esperanzas. Está claro que avizora, con prudencia criolla, que le cruzarán una banda sobre el pecho y le cederán un sillón.

Vienen juntos desde hace años, buscando lo mismo, pero ahora hacen lo posible por no verse. ¿Por qué?

Ah, eso sí es para escribir un libro.

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