El arte
La esperanza, frente a riesgos que las sociedades enfrentan, desde absurdidades políticas a culturales, está en que alguien piense con capacidad crítica.
Cuando ciertos magnates imbéciles de Hollywood iniciaron, hace más de veinte años, una cruzada por colorear películas en blanco y negro, se hizo famosa la oposición de Woody Allen, quien contó esta charla entre uno de esos magnates y su gerente:
-No lo entiendo. ¿Por qué pintar películas adoradas por décadas en su blanco y negro original?
-El público es estúpido, infantil, una manada de idiotas incapaces de gozar con un filme a menos que esté lleno de colores brillantes y música de rock. Les das amarillos y rojos y se les llena la cara de sonrisas.
Lo interesante es que Allen nunca se opuso a que un director hiciese con su creación lo que se le ocurriera, sino a que obras de la historia del cine, cuyos responsables ya habían fallecido, permanecieran fieles a su origen. Un enfoque moral: «Sólo hay que pensar en «Ladrones de bicicletas» y verla en azules, rojos y amarillos en vez de los cálidos blancos, los sucios negros y la grisura. En el contraste se hlla el absurdo al que me refiero (…) El efecto diferente entre el color y el blanco y negro es tan amplio que llega frecuentemente a alterar el sentido de las escenas».
Al recordar este antecedente me es más fácil advertir la nueva barbaridad en ciernes. Un guionista famoso inventó un video juego llamado «El infierno», basado en la primera parte de «La divina comedia», de Alighieri, escrita, como un todo, en 1300.
¡»El infierno» de la «Divina Comedia» convertido en un juego!
¿Es posible otro caso tan patético de destrucción de un arte original y único por el beneficio económico y con la justificación de «popularizarlo»?
Hay una tecnología moderna que ha sido lanzada como un cohete. Eso no es malo ni bueno intrínsecamente. Pero si su uso no es controlado, pobre del arte, de nosotros y de la civilización en que vivimos.
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