LA COLUMNA AMARILLA

Regalo

Entre los millones de personajes que no me han sido presentados, ya sean políticos, artistas o científicos, figura el primer presidente negro de los Estados Unidos, Barack Obama.

Mucho gusto, por las dudas.

Pese al poco tiempo que lleva en la Casa Blanca ya le han hecho un regalo que sólo los distraídos podrían calificar de sorpresivo: el Premio Nobel de la Paz, concedido «por sus extraordinarios esfuerzos por fortalecer la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos».

Cuando el imperio parecía desplomarse, consumido por su putrefacción interna, renace, al menos en la supuesta imagen pública positiva que proyecta merced a la alcahuetería de los aristócratas del frío, maestros del arte del birlibirloque y la coqueta prosternación, a quienes ciertas circunstancias persuadieron de asumir, una vez más, ese papel de perro dócil y fiel que se espera cuando el puchero del mundo hierve en la olla sin tapa, a punto de derramarse.

Nada más lejos de mi intención que faltarle el respeto al presidente Obama, de cuyas buenas intenciones declamadas y visitas apaciguadoras no me permito desconfiar. Sólo que se parecen demasiado a las de tantos de sus antecesores, o sea esas que quedaron en discursos y actos disueltos por el olvido o arrugados por las contorsiones de la política exterior de una nación de imborrable espíritu colonial.

Si uno quiere ver lo que ocurrió despojado de prejuicios debe abrir dos hipótesis: una, Obama, con el tiempo, dará razón a los alegres dispensadores del premio; otra, Obama culminará su mandato, y quizás hasta sea reelecto, sin haber contribuido verosímilmente a la paz mundial, actuando como debería y donde debería, es decir, sobre todo, en el Oriente Medio.

Mientras tanto, podrá exhibir su blanquísima sonrisa de agradecimiento. Y los otros, los expertos en genuflexiones, suspirarán aliviados y tal vez se mirarán satisfechos al espejo, sin excusarse por sus inoportunos, serviles afanes.

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