Atonía
El hombre común está atónito. Ni siquiera parece moverse. Apenas intenta abrir la boca la cierra enseguida, seguro no de que será incomprendido sino de que, aunque desea hablar, no sabe de qué.
¿Cuál es el origen de esta epidemia de perplejidad o de pasmo que ha enfermado al hombre común?
La sobreabundancia de información, que lo sopapea a la velocidad atroz que impone la cultura del ciberespacio. Cultura que, además, empuja a los medios tradicionales a una obscena saturación de noticias, versiones, pronósticos, rumores y otras yerbas.
Es tanto lo que cae sobre la capacidad de pensar, racionalizar y decidir, que el tipo queda inmóvil. Si quiere dar arranque al proceso intelectual con algo, ese algo es diluido por otro algo, y por otro más que viene pisándole los talones al anterior, todo sumado y confundido en una enorme bola informativa sin contextualizar, atravesada por contradicciones y paradojas.
Por eso el ciudadano moderno se asemeja al hombre quieto del viejo filme.
Siempre que cabe recuerdo una frase de Eco: «Todos los años, en agosto, me encierro en las colinas y leo los recortes de prensa de los últimos doce meses. No sólo porque estaba ocupado, sino por motivos de salud. Si alguien habla mal de ti en enero y te enteras en setiembre, la amargura es menor. Es como recordar que una mujer te rechazó hace treinta años. Te queda la frustración, pero no te matas. Siempre piensas que entonces te lo merecías pero ahora has cambiado».
Es obvia la ironía de Eco, su idea desproporcionada, provocadora. Pero qué bueno sería que el hombre actual pudiera liberarse así.
Si quiere estar al tanto de todo, siempre, seguirá atónito; si logra decidir con libertad, tal vez no compre algún periódico, use con más frecuencia el control remoto del televisor, apague la radio de a ratos y, sobre todo, desconfíe de que la red de redes sea el último tren a tomar, la verdad revelada por el Señor, que acaba de descender sobre nosotros.
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