Trampas
Recuerdo una descripción de John Wayne debida a la esplendorosa pluma de Juan Marsé: «Hay una pereza articulada en sus largas extremidades, en su cintura lentísima y en sus encumbrados hombros y, sobre todo, en la forma de cargar todo el peso del cuerpo en una sola pierna».
Ah, si yo pudiese moverme así, parsimonioso, con cierta arrogancia, y andar con el torso inclinado para facilitar la vigilancia del suelo.
Pero no. Los edificios altos me hacen levantar la cabeza con frecuencia, como si tuviese miedo de que se desplomasen sobre mí. Escudriño las cornisas en exceso para evitar que me caguen las palomas. Las vidrieras, y algunas mujeres, me distraen con su fina suma de estímulos a la contemplación. Y confieso que la vejez impide que mi caminar sea flexible.
Entonces caigo en todas las trampas desparramadas a lo largo y ancho de las veredas de Montevideo. El último accidente ocurrió hace un par de días, cuando metí uno de mis pies en un agujero negro en pleno 18 de Julio, tranqué allí uno de mis mocasines, que voló esperpénticamente, y me precipité, plúmbeo e idiota, decúbito ventral.
A cualquiera le pasa. En realidad, a mí me está pasando seguido. En fin, quizás sea una patología que nadie me ha diagnosticado y haya por ahí, perdida en protocolos médicos especializados, una solución a este padecimiento.
De todos modos, me sorprende, me conmueve que un país que está en obras desde hace tiempo la ruta 1, el puente de las Américas, el aeropuerto de Carrasco, el anillo perimetral del Toto persista en no reparar como se debe las vereditas de su capital, o sea de su mitad más poblada.
Como soy un hombre de fé, reclamo en este acto a mis herederos que festejen por lo alto la cura de tamaña omisión, que supongo municipal. Es decir, la desaparición de las trampas que ocultan esas veredas, como ocultaban las suyas los vietnamitas que clavaron de cabeza a los norteamericanos.
Creo que quienes me sucedan podrán verlo.
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