AEROPUERTO
Escribimos estas palabras recién llegados de Buenos Aires, donde realizamos un hermoso acto con nuestros compatriotas uruguayos y argentinos.
Nos faltan palabras, y elocuencia, para agradecer como es debido la solidaridad y hospitalidad brindada por nuestros compañeros de la otra Banda y, muy en especial, la respuesta de l@s orientales.
Aunque muchos no se den cuenta, volvemos al pasado de los orígenes, por lo que resulta difícil distinguir las diferencias entre unos y otros cuando uno de los pueblos, o ambos, están en pie de lucha.
Debemos incluir en esas gracias a gran parte de la prensa argentina y muy en especial a Víctor Hugo Morales, esa entrañable voz de dos orillas.
El propósito era claro y sencillo: aportar desde la CAP Libertad nuestro granito de arena en la empresa de convencer a orientales radicados allá para que vengan a votar el 25.
Les dijimos muy emocionados por su numerosa presencia que ésta era la última vez. Porque esta vez tan especial, además de votar al Frente Amplio íbamos a votar la reforma constitucional por la que todo compatriota, viva donde viva, podrá votar cerca de su casa sin necesidad de acometer proezas «logísticas» y gastar dinerales al alcance exclusivo de los ricos.
Fue por esta tarea (programada hace tiempo) que no pudimos ir a la inauguración del Nuevo Aeropuerto de Carrasco. Estábamos invitados y nos hubiera gustado concurrir a festejar y aplaudir.
Arribados a esta Banda, tomamos conocimiento de que las mentalidades menores (plaga harto conocida) salieron a vociferar contra quienes oportunamente nos opusimos a esa privatización (y fuimos derrotados a manos del Partido Rosado, entonces gobernante).
Da pena ver expuesta tanta inferioridad.
Según ellos, la hermosura indiscutible del flamante edificio demuestra que estábamos equivocados. La enorme fiesta a la que fueron invitados (más de mil), con lunch incluido, demuestra nuestro craso error…
Sincera pero dolorosamente: ni llegan a la altura de los indígenas americanos deslumbrados por cuentas de colores y espejitos. ¡Qué lamentable papelón internacional!
Nosotros, con el apoyo de todas las líneas privadas de navegación aérea (el imperialismo) y también con el de los sindicatos vinculados y con el de la Fuerza Aérea, sosteníamos y seguimos sosteniendo que esa mismísima obra podía haberse construido con los ingresos provenientes de lo que recaudaba y recaudó el viejo aeropuerto y por lo que recaudará el nuevo.
El arquitecto, los planos, las empresas constructoras y los trabajadores podían ser uruguayos, tal como lo han sido.
¿O es que acaso piensan que eso lo pueden hacer los extranjeros solamente? ¡Qué formidable tercermundismo mental evidenciamos!
Aún con la boca abierta salieron a decir qué equivocados estábamos.
Se ve que además viajamos poco: ni tan siquiera al Puerto para ver la Torre de Antel, ese alarde disparatado construido por una sola de las empresas públicas de nuestro país.
La «única» diferencia (¡vaya diferencia!) es que entonces ese aeropuerto sería nuestro junto con el viejo y la vasta terminal de cargas que se extenderá como parte de la concesión hasta el Parque Roosevelt en régimen de puerto libre, configurando una de las extraterritorialidades más grandes del país y la región. Pero quedamos chochos con el edificio como si él justificara tamaña regalía sin mirar para todos los costados el formidable negocio perdido por unos y ganado por otros.
Sería deplorable que los despojados por un pésimo gobierno fueran a festejar su despojo. Sin embargo parece ser así: jamás pudo verse tanta ceguera y tilinguería.
Pero ya lo dijimos: nos hubiera gustado ir y aplaudir sabiendo muy bien qué.
Una vez tomada por el aciago gobierno blanquicolorado de Jorge Batlle la decisión inapelable sólo le quedaba, a todo el país, ir a llorar al cuartito.
Pero no sólo eso: gracias al debate parlamentario obligamos a implantar estrictos controles acerca del cumplimiento de las obras y a seguir de cerca su marcha. También estrictos mecanismos de control y arbitraje para impedir abusos en las tarifas y en el monopolio privado que se edificaba.
Repetimos que los más preocupados por lo último eran las empresas privadas que actúan dentro de cualquier aeropuerto. Para todas ellas, paradojalmente y en este caso, el Estado ofrecía una mayor garantía ya que no hay peor monopolio que uno privado.
Festejar, entonces, sí que se cumplió (no sin algunas controversias) y el edificio es tan hermoso como el que pudiéramos haber construido los uruguayos. ¿La prueba? Lo construimos los uruguayos.
El argumento de que el Estado hubiera sido incapaz nos metería en harina de otro costal, donde nosotros tendríamos todas las de ganar sólo con pedirle a quienes piensen así, por qué lo piensan. Podría suceder que tuvieran razón pero las consecuencias serían entonces incalculables e irían mucho más allá de cualquier aeropuerto.
Estas palabras van especialmente dirigidas a esa gran reflexión colectiva que a poco de las elecciones han instalado los llamados «indecisos».
El derrumbe a plomo del Partido Nacional, levantando gran polvareda que nos invade a todos, más algunos errores nuestros, han sido factores cruciales en este fenómeno sin precedentes.
Hay, luego de la reflexión indecisa, un éxodo notorio de votos colorados que estaban prestados a Lacalle y hoy vuelven a sus pagos: el Partido Colorado crecerá. Que nadie lo dude.
Pero hay también un éxodo, y habrá más, como siempre, desde las filas wilsonistas defraudadas en el carísimo abrazo del balcón, hacia el Frente Amplio.
Ello sucederá luego de la reflexión que debemos saludar y respetar.
Esto lo hemos venido diciendo en estas páginas desde hace ya un tiempo (y en todas las abundantes tribunas a nuestro alcance) y debe ser por eso, además de por nuestra indeclinable y declarada vocación por tratar de hacer crecer más aún al Frente, lo que explica el feroz oleaje digno de mayor causa que desde la ultraderecha del Partido Nacional golpea sobre la CAP Libertad y sobre nosotros personalmente: tenemos el inmenso honor de ser atacados diariamente por el diario más vendido del país, el de la dictadura. Hay veces que nos dedica una página (¡Y gratis!)
Jamás imaginamos tamaña condecoración por parte de «El País».
Absolutamente desproporcionada al tamaño tanto de la novel organización como de la modestia de nuestras posibilidades; sólo se debe a que los fastidiamos. A que molestamos a lo peor del país y hasta los enfadamos.
Mayor garantía de rumbo acertado, imposible. ¡Peguen tranquilos que cuanto más peguen, más cobrarán!
*| Escritor, senador de la República.
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