LA COLUMNA AMARILLA

Acoso

Semanas atrás, al debatir la Cámara de Representantes el proyecto de ley sobre acoso sexual y discriminación de género, tuve el dudoso privilegio de que varias legisladoras me tomaran como sujeto de su ira y vertieran sobre mí epítetos diversos.

A la cabeza estuvo, erizada, la diputada Daniela Paysée, quien hasta leyó en sala una de mis columnas, escrita con el humor y la ironía que en casi todas las cosas de la vida son un bálsamo, y cuyo tema era, precisamente, el acoso sexual.

Quedó clara su incomprensión. Quizá, para su raciocinio y sensibilidad de ese momento, ya que todos tenemos malos días, mi escritura fue una suerte de piedra de Rosetta con jeroglíficos ni siquiera demóticos o griegos.

No me apeo un solo párrafo de lo que publiqué, pues, leído sin prejuicios sonsos, se entiende que no pequé: apenas si advertí sobre ciertas debilidades de la ley ­por ejemplo para la prueba objetiva del acoso o la discriminación­ que podían limitarla, y dije que la verdadera solución está en educar, a hombres y mujeres por igual, para una relación respetuosa en un mundo laboral nuevo y complejo.

¿Lo demás? Apuntes antropológicos e históricos.

Ahora me entero, de fuente confiable, que esta misma dama digna, representando al Parlamento nacional en un encuentro de mujeres legisladoras en Ginebra, me puso otra vez como ejemplo del enemigo al acecho, leyendo parte de aquella misma columna, concediéndome de paso, tal vez sin advertirlo, un carácter demoníaco de dimensión planetaria.

Lo que se había dicho en castellano se repitió en varios idiomas.

No sé qué le pasa. Si esta barrabasada es cierta ­de lo contrario le pediré disculpas como un duque­ necesita apoyo o terapia.

Quizá lo mejor ­porque el estímulo ayuda psicológicamente siempre­ sea otorgarle un premio o un reconocimiento. Por razones obvias, me abstendré de opinar cuáles podrían ser.

Ahora bien, debo declarar, además, y lo lamento, que yo sí me siento acosado. Y cómo.

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