Se han negado
Ya es una renuncia irrevocable. No hubo ganas suficientes y no hay tiempo. No habrá debate televisivo entre los candidatos de la campaña preelectoral.
Me tienen sin cuidado las estrategias partidarias. Pero estoy sorprendido por la actitud de algunos periodistas de opinión que, con convicción digna de peregrinos a la mezquita de Al Aqsa, y recurrencia equivalente a la cantidad de páginas que escribe Pablo Cohelo, han argumentado contra ese debate.
Suelo pensar en su salud mental, lector. Por tanto, abusaré de la síntesis en la pretensión de explicar las razones de esos colegas: el debate nunca sirvió para nada y jamás podrá sustituir al contacto cara a cara del candidato con la gente.
Ciertamente, eso le sirve más al candidato. ¿Quién lo duda? Puede acariciar cual oso panda de cuento infantil, embestir cual búfalo desbocado, escabullirse entre las piedras de las preguntas incómodas cual bacteria anaerobia, en fin, puede hacer y decir lo que se le ocurra minimizando los daños, sin confrontación.
Es lo que ha habido desde que comenzó la carrera: una repetición de asertos al boleo capaz de provocar callos mentales o el suicidio de algunas neuronas a las que les quede un resto de vergüenza.
Ahora bien, hablando de utilidad, esa conducta común de campaña no le sirve al ciudadano reflexivo, a quien quizás hoy debiéramos llamar indeciso, que precisamente quiere el contraste de personalidades, ideas, proyectos y programas para saber si hay o no consensos que cimenten la construcción de políticas de Estado.
Un debate pondría unas cuantas pelotitas, de esas que andan por el aire a impulsos de un imaginario e improvisado circense de semáforo, en su justo lugar. Terminaría con el recreo de la esquizofrenia política. Despojaría a cada uno de todos los velos, hasta dejarlos en cueros.
Y luego del debate, la ablución; es decir la purificación con agua al que va a vivir, o con aceite al que haya que darle la extremaunción.
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