LA COLUMNA AMARILLA

Hijos de la madre

Se acabó la tranquilidad de los candidatos, por más parapetos verbales de mercadito que usen ante lo inesperado. Están en peligro de un estallido gastrointestinal y es lógico que ahora, en sus recorridas, exijan que haya un retrete de buen porte.

Y está la confesión de los oráculos políticos, que supieron ser una tribu escandalosa, dicha de rodillas, mientras en el recinto sacerdotal revolvían números y libros y oraban por la resurrección de la luz que les alumbró las encuestas y se les apagó de golpe, sin que la UTE ni sus tarifas tengan nada que ver.

La culpa la tienen los indecisos, que les están cagando la vida.

A unos y a otros. A los que pelean, enredados como damas en chancletas en un puesto de la feria del barrio, por sentarse en el sillón presidencial, y a los que corren la loca carrera, propia de monaguillos alcahuetes, campanita en mano, de decir en televisión, antes que sus colegas, quién ganó.

¡Estos hijos de la madre, los indecisos, no dejan de crecer!

Hay una curiosidad en este fenómeno autóctono que no ha merecido un análisis suficiente. Mientras todo baja ­el dólar, la inflación- la indecisión aumenta: ¿y si es la forma que mucha gente reflexiva, cauta, tiene de expresar el rechazo y la desconfianza que le causan las características de esta campaña preelectoral, herida por la vulgaridad y la estupidez?

¿Quién, que no sea Vázquez, le está hablando inteligiblemente a esa gente? ¿Lo oyen? Ah, no sé. Pero podemos estar asistiendo a un ejemplo de libertad de estos hijos de la madre.

A fin de cuentas, uno tiene el derecho de decidir lo que quiere y cuando quiere, especialmente si sabe que su voto inclinará la balanza hacia algún lado.

Cierta vez Mario Bunge declaró que se ha tejido una gran teoría sobre la importancia de la toma de decisiones: «Desgraciadamente, se puede probar que no sirve sino para ganarse la vida, enseñándola en alguna facultad».

Entonces, lector, ya veremos a finales de octubre.

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