Cultura
Sentado en el único sillón de mi living, de comodidad semejante a la de los asientos del convento de las Descalzas Reales de Madridlo cual pudo haber afectado mi juicio leí las reiteradas apelaciones al desarrollo de la cultura que se hacen en la campaña preelectoral.
¿De qué están hablando?
Tengo la impresión de que hay una ansiedad por decir algo, aunque no tenga sentido, no pueda explicarse o, sencillamente, sea un disparate.
Hay dos grandes acepciones de cultura: Una, la más abarcadora, sociológica y antropológicamente se define como suma de hábitos y costumbres que se hacen comunes en un lugar durante una determinada época; otra, más específica, y que suele confundir a los lengüita sobada, es la que remite al conocimiento, práctica y gusto de todas las artes.
Supongo que los políticos se refieren a esta acepción.
Está bien que lo hagan. Eso sí, no deliren ni tiren bombitas de estruendo.
Por ejemplo, ¿qué significa «orientar a los medios hacia la difusión cultural con asesoramiento calificado»? ¿Difusión de todas las artes, las llamadas bellas y las populares? ¿Orientar a los medios supone regularlos u obligarlos? Ah, y la joyita: ¿dónde se obtiene el diploma de asesor calificado?
Las artes siempre ejercieron en el hombre una fascinación intensa en su búsqueda de orden y sentido a la vida. A lo largo de las civilizaciones zafó de la confusión reinante imponiendo, con las artes, un sistema de símbolos, al que incorporó los mundos interior y exterior.
Para que eso se mantenga y dé identidad a una sociedad, debe haber libertad de gusto, estética, de expresión, de difusión y, finalmente, apoyo económico para evitar las exclusiones.
Busquen por ahí. Y no olviden que la revolución tecnológica Plan Ceibal incluido constantemente renovable, y que simboliza la informática, lo subvierte todo a cada minuto.
Dejen las frases de feria de barrio para los tablados y agarren los libros de Huxley, Toffler o Cebrián que no muerden.
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