Caramba
Nadie esperaba una campaña de novicias de la clausura, aunque a decir verdad y moleste a cierto candidato, de nariz abundosa, que se frunce con la insistencia de los periodistas, el nivel es convulso y la tendencia barrosa.
Mujica y Lacalle siguen lanzándose pelotazos desde sus confesionarios, pasándose facturas, al principio murmuradas y ahora devenidas en griterío. Como sus asesores han podido susurrarles al oído, entremezclan propuestas que, a causa de la velocidad de su propagación, requieren de un planchado o un barniz, según se trate, y de unos apéndices interpretativos y unos juramentos con huella dactilar a fin de que el ciudadano común pueda, sin sufrir una embolia en el intento, entenderlas y darles fe.
Sin embargo, esa misma campaña, que de tantos callos no entra en el zapato de la sensatez, nos trajo una sorpresa: la aparición del presidente Vázquez a mi humilde juicio a pleno derecho- ubicándose en el centro del escenario para decir lo que hay que decir si el Frente Amplio quiere ganar la elección fecundando a los indecisos.
No fue todo. Cortó las aguas. Él es el gobierno. Él es el líder. Él es el poder. Él seguirá siendo el conductor. No importa que se esté yendo; no importa que su candidato Astori haya caído en la interna; y sobre todo, no importa quién la ganó.
Intuyo que, si piensa en Mujica, lo único que le interesa a Vázquez es neutralizar sus excesos y marcar a rajatabla los territorios, mientras lleva sutilmente de la mano a toda la coalición.
Usted preguntará, lector, mirando al futuro: ¿lo hará por arte de magia?
No. ¿Entonces? Ah, los equilibrios parlamentarios. Puede construir una mayoría que le responda, aunque no haya aceptado encabezar las listas al Senado, estrategia que fue seriamente analizada.
Quizás yo esté equivocado; es frecuente. O me haya bendecido una confortable ingenuidad ante las complejidades políticas advertidas; es probable y no creo que sea una culpa.
Pero ¿y si tengo razón?
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