¡Qué campaña!
La campaña preelectoral ha llegado a un punto de fricción que el incendio es, más que un riesgo relativo, una inminencia.
He llegado a pensar en lo protector que sería que cada candidato tuviese incorporado un mecanismo, del mismo modo que se coloca una válvula cardiaca o un marcapasos, que permitiera a alguien, llamémosle asesor privilegiado e inteligente, con el simple procedimiento de apretar un botón, trancar las mandíbulas del político y evitar por unos segundos, hasta que se serene, su verbo.
Hoy día le vendría de perillas a Lacalle, por ejemplo.
Inesperadamente, se le están escabullendo, y no precisamente entre dientes, unos adjetivos de descalificación muy fuertes, casi siempre inoportunos, los que, analizados después, dejan las aguas revueltas pese a los argumentos defensivos inmediatos, que honran a la redundancia, de que se difundieron fuera de contexto.
El hombre se ha convertido en un peregrino de la desproporción, comenzando a trastabillar por un enmalezado camino en el que, según dijo antes, cuando convocaba al respeto, él advertía, profundas, las huellas de sus principales adversarios.
Me parece un fenómeno digno de estudio, pues siempre se le han reconocido a Lacalle su condición de baqueano en estas lidias y su astucia, picardía y hasta sentido del humor para los duelos a palabra.
Me pregunto qué le ocurre. Ha dicho que se halla física e intelectualmente muy bien y, en algún caso, ha admitido unas salidas de madre, ciertos saltos de la cadena impulsora de sus discursos. Pero, claro, también ha obligado a quienes lo rodean a salir, volándole los ropajes, a enmendar las líneas disonantes del líder.
Cómo será la cosa ya hay quienes dicen que, para el tramo final de la campaña, ¡sería mejor que Larrañaga hablara más!
Qué pena que ya no esté Freud. Hubiese sido una cuestión ideal para los análisis de la Sociedad Psicológica de los Miércoles, aquella que presidía con un criterio casi espeleológico.
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