ENRIQUE ERRO

Hoy se cumplen veinticinco años de la muerte de Don Enrique Erro en París y a pocas semanas de la libertad en Uruguay. El exilio lo llevó a la Argentina donde además sufrió prisión en las peores horas y, luego, a Francia.

Fue protagonista de una de las dos elecciones más dramáticas y decisivas de nuestra historia: el triunfo del Partido Nacional en las de 1958 luego de un siglo en la Oposición (y hasta en la persecución). La gente joven tal vez no pueda estimar el calibre de tamaña y trascendente victoria y los más veteranos solemos no recordarlo tal como entonces la vivimos.

Vino precedida por enormes manifestaciones estudiantiles reclamando la Ley Orgánica para la Universidad y por la irrupción del «Ruralismo» impulsado por Benito Nardone («Chicotazo»).

El conjunto fue un movimiento de multitudes ante un Uruguay que se iba entre los dedos.

En aquel histórico primer gobierno (marzo de 1959), Don Enrique Erro ocupó la cartera de Industria llevando como secretario para su Ministerio a un tal José Mujica, tenaz militante blanco (como su familia). Vestía y hablaba más o menos como hoy. Pero eso no molestaba en el Partido Nacional. Gozaba de unos veintitrés años de edad.

 

Conviene recordarlo.

Ambos, Erro y Mujica, emigraron poco después, como tantos, hacia las caravanas que al fin confluyeron en el Frente Amplio (1970 y 1971) por lo que tampoco debe olvidarse que dicha nueva fuerza política fue fundada por blancos: Carlos Quijano, Luis Pedro Bonavita, Paco Espínola, Ariel Collazo, Rodríguez Camusso, Enrique Erro… Y por colorados: Líber Seregni, Zelmar Michelini, Alba Roballo, Alberto Fernández, Enrique Rodríguez Fabregat… Y por los comunistas encabezados por Rodney Arismendi y sus nuevas ideas… Y por los socialistas (entre los que militaba Raúl Sendic) encabezados por Vivian Trías y los cambios que sus ideas produjeron en el más viejo Partido de la Izquierda uruguaya.

Y por los demócratas cristianos encabezados por Juan Pablo Terra que, en hecho sin parangón, no vacilaron en participar aun cuando a su lado anduvieran los comunistas.

Y por personalidades independientes de peso indiscutible en los ámbitos políticos, culturales, académicos, sindicales y científicos del Uruguay.

Grave debió ser la situación para que tantas personas de tantos bandos más acérrimos que los de hoy, pasaran por encima de los ariscos y encrespados cercos de sus respectivas chacras de origen para encender un fogón tan convocante y hospitalario.

Efectivamente hubo dos gravedades: la frustración de las esperanzas depositadas en el Partido Nacional; y, después, el pachecato. Este último inherente a la frustración nacional citada, cuya expresión postrera, y máxima, fue la estafa, a manos de los colorados (ayudados por la dictadura de Brasil) del triunfo electoral de Wilson en 1971.

El gran pecado político de aquellos tiempos fue rechazar, incluso a palos y con fraudes, el clamor multitudinario indiscutiblemente mayoritario (pero dividido) por el cambio.

La defensa a ultranza de un statu quo insostenible y obsoleto terminó como terminó porque no podía terminar de otra manera: la dictadura cívico militar de los más cavernarios sectores de las Fuerzas Armadas y de los partidos Nacional y Colorado.

Los sectores blancos y colorados partidarios del cambio, junto al Frente Amplio, éramos durante casi todo ese tramo de la historia, la mayoría de la población. Uruguay pagó muy cara nuestra miopía cultivada con pequeñeces. Hoy, «con el diario del lunes en la mano», resulta inconcebible tal ceguera.

Aquellas caravanas migratorias no cesaron. Las migraciones coloradas y blancas hacia el Frente Amplio fueron, a partir de aquellas primeras, la gran explicación de su crecimiento ininterrumpido.

Recordemos al efecto la llegada del dos veces intendente de Cerro Largo (nada menos) por el Partido Nacional. Rodolfo Nin junto a Tabaré Vázquez, y renovando, formaron la «fórmula» de la victoria que se produjo gracias al aluvión de votos, militantes y dirigentes que llegó al Frente Amplio entre 1992 y el 2004. Huelga dar nombres de un hecho tan conocido.

Hoy estamos nuevamente ante uno de esos grandes movimientos.

En el Partido Nacional el fracaso autoimpuesto, casi un suicidio, de las fuerzas wilsonistas, mata el proyecto renovador que estaba en marcha y retrocede al «punto de salida» dejándolo en manos de la derecha y hasta de la ultraderecha, sempiterna enemiga interna de Wilson. También, y por eso, lo deja en debacle.

Lacalle, luego de su victoria en 1989, adquirió predilección patológica por la fabricación y conducción de naufragios.

Lo dijo Larrañaga en las internas: «Si lo votan perdemos».

Efectivamente, pierden. Y como la derrota es huérfana, empiezan las discusiones en torno a quién tuvo la culpa.

De lejos, Bordaberry «bombea» las colinas, mete el estilete florentino diciéndoles que «tiraron la toalla», y otea las pesadas carretas pletóricas de votos colorados de derecha, prestados, que como quien paga un cheque diferido, abona sin chistar Lacalle endilgándolas al consignatario.

Estamos nuevamente en una encrucijada similar a las anteriores y debe estar prohibida la cortedad de miras.

Se han despertado vetustas fuerzas momias, increíbles en nuestro tiempo, que intentan otra vez dividir al pueblo en bloques propios de la finalizada Guerra Fría. Acuden para ello al mismo lenguaje y a la misma iconografía: solo falta agregar la Marcha 25 de Agosto para alcanzar la perfección horripilante. Pretenden repetir viejas historias malas.

Pero poco importan si quienes como siempre somos partidarios del cambio no nos dejamos dividir; si con la dolorosa experiencia recogida eludimos entrar en el corral de ramas donde yace la trampa.

Para ello debemos mantener vista larga y amplios abrazos y estar dispuestos a instrumentar para el propósito todos los mecanismos políticos que sean necesarios.

Las anchas alamedas anunciadas por el mártir al borde de la muerte están ahí: no debemos permitir que nada ni nadie les ponga alambradas, tranqueras ni peajes. Ni que apaguen el fogón convocante.

*| Escritor, senador de la República.

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