La vibradora
Basta ojear los gastos que asumirán los partidos políticos al cierre de la campaña de las elecciones nacionales: a uno le corre un escalofrío por la columna vertebral y unas sospechosas vibraciones en los bolsillos desnudos.
¡Qué lo parió!
Lo que Giovanni Sartori llamó «el costo de la política» ha llegado a cifras cósmicas. Eso revela que, en nuestra cultura preelectoral, los viajes, los carteles, el audio y videos de actos, los programas de publicidad en diversos medios, y ah, hermosa, espléndida y relativamente reciente adherencia esquizofrénica también las encuestas de opinión contratadas, no sólo parecen imprescindibles a la suerte de los candidatos, sino caros hasta la obscenidad.
Los políticos, según se ve, lo han tomado por el pito del sereno.
Acéptelo, lector: esta campaña pasará a la historia por su neurosis, vulgaridades, huidas y sorprendente costo. En fin, si los muchachos quieren tirar la plata por la ventana, allá ellos; al menos, con la nueva legislación, cada partido ha debido blanquear sus ingresos públicos y privados.
Pero si hablamos de encuestadores, politólogos y otros copetudos adyacentes, es notorio que se han lanzado, advirtiendo el filón ante sus narices, a una de esas carreras cuadreras que levantan mucho polvo, se largan en cualquier momento y siempre concluyen con los principales caballos apretados, nadie sabe cómo, para llegar a un final de estremecimiento.
Hay un dato a considerar. A todos les han crecido los indecisos, como la nariz a Pinocho. ¿Espíritu de supervivencia?
La sucesión de encuestas me ha hecho recordar una vieja, audaz y humorística idea de Manuel Vicent: la vibradora universal, algo así como una máquina infernal e invisible que produciría efectos como si fuese un terremoto, pero distintos.
Sólo derrumbaría las cosas que sobran y dejaría en pie las que alimentan el espíritu y la mente.
Por los harapos del predicador descalzo y sin megáfono ¡una vibradora universal, ya!
Compartí tu opinión con toda la comunidad